CONSERVADORES QUE RESULTAN DESTRUCTORES
Muchos quisieron en el pasado, y siguen queriendo hoy, salvar el mundo. La realidad es que lo quieren para sí. Otros, en cambio, quieren salvar al mundo de los primeros. Estos son más altruistas y nobles: lo quieren salvar para todos. Por último están los que consideran que cuando existe una enfermedad y las farmacias no tienen el remedio, es preciso reforzar las propias defensas antes de pretender ayudar a otros enfermos: es una tercera vía que no supone renunciar del todo a la segunda, sino descubrir nuevos enfoques para variar conceptos y métodos. Seguiremos este orden de exposición.
Los que dirigen el mundo se llaman a sí mismos en política moderados o conservadores, pero lejos de moderarse siquiera en sus deseos de conservar lo más elemental, las condiciones de vida y salud de personas a su cargo y del Planeta mismo, destruyen todo cuanto les conviene en todas partes.
Los que dirigen el mundo se llaman liberales, neoliberales, socialistas, demócratas, y cosas parecidas, pero nada de lo que hacen es parecido a sus máscaras ni a su palabrería hueca, sino que, por el contrario, conducen a los pueblos a la miseria y a la privación de sus libertades allá donde alcanza su poder.
Los que dirigen el mundo se consideran inteligentes y se dicen amantes y defensores de la inteligencia que avalan por haber asistido con éxito a colegios y universidades de élites, pero su inteligencia está empobrecida por su ambición y deseos de poder y reconocimiento, y por ello la limitan a técnicas de dominio, manipulación y otras formas de utilizar los cerebros de los demás en provecho propio. Esto les obliga a poner obstáculos al desarrollo de la inteligencia colectiva, a la que procuran adormecer, entretener, limitar y desviar para que no interfiera en sus propósitos.
Los que dirigen el mundo se dicen amantes de la paz y hasta organizan ejércitos para supuestamente defenderla, pero son precisamente ellos los que llevan a cabo meticulosos y devastadores planes de guerra en todas partes, y en el momento que consideran conveniente envían a sus soldados. Destruyen el medio ambiente, abren agujeros en el cinturón magnético de la atmósfera, matan indiscriminadamente a personas y especies animales y vegetales, desertizan, roban, violan, torturan y muchas otras cosas. Aún así, muchos de sus dirigentes son recompensados por las gentes de este su mundo con premios Nobel de la Paz.
Los que dirigen el mundo se consideran religiosos, cristianos, católicos, musulmanes o de otras Iglesias y rezan en público para que se les vea, para que las masas adormecidas por la propaganda tengan la impresión de que son gente de corazón noble y les guían buenos principios, pero sus rezos y sus religiones son como la de los antiguos fariseos y escribas: puro cinismo para obtener la confianza de los desprevenidos y vivir a su costa. A veces hasta vemos a algunos de ellos vestidos de forma extravagante tocados de ridículos sombreros y no menos extravagantes ropajes oficiando en templos, catedrales y balcones bendiciendo a la parte de humanidad que tienen hipnotizada por medio de su lenguaje, sus puestas en escena teatrales y sus riquezas, siempre de uso exclusivo.
Todos ellos, laicos o eclesiásticos, son los sepulcros blanqueados de los que nos previno Cristo. Y es preciso estar prevenidos porque tienen grandes planes sobre nosotros.
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