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La díada subsiste

Por Fabricio de Potestad Menéndez
La díada subsiste
Las desigualdades continúan siendo tan dramáticas que el universo político sigue constituido por relaciones de antagonismo entre dos ideologías contrapuestas: izquierda y derecha. ¿Qué es ser de izquierdas o de derechas? No es ser de izquierdas, desde luego, tener un carné o ser solidario. Eso, como mucho, son sólo signos externos de la izquierda. La izquierda, en cuanto se cristaliza o institucionaliza, deja de ser de izquierda, porque la izquierda es, sobre todo, constante aventura del pensamiento, dialéctica permanente, búsqueda incesante de soluciones para resolver los viejos y los nuevos problemas de los ciudadanos. No existe, por tanto, un pensamiento de derechas, sino sólo un sentimiento o una estética. Y digo esto porque el pensamiento, por definición, es siempre indecisión, dubitación, transgresión, cambio, modificación, asunción y provisionalidad lúcida y en vilo. La derecha se ha institucionalizado en una estética y en una práctica que tiende a conservar el actual estado de las cosas y a hacer de los valores algo eterno e inmutable, lo cual se deriva de la sacralización de lo mitológico o irracional, que parece, por cierto, aportarles dogmas de fe y certezas absolutas. Por el contrario, lo característico de la izquierda es no estar uno seguro de nada, aunque abierto a todo, sobre todo a la praxis socializante e igualitaria. Quienes tan tozudamente se aferran a su identidad, a su pueblo, a su raza, a sus creencias o a una determinada narración histórica no tienen intelectualmente posibilidad alguna de avanzar y adaptarse a los vertiginosos cambios y demandas que se van produciendo en la sociedad. La izquierda sospecha de todo ser humano que está demasiado seguro de las cosas, de sus ideas y de sus praxis. El acto más revolucionario de la vida es la duda, la crítica, empezando por ponerse en cuestión uno a sí mismo. No hay una cultura de derechas. La cultura está siempre en la izquierda, y no por oscuras manipulaciones, conspiraciones clandestinas o apropiación indebida, como pretenden las dictaduras o las religiones, sino porque la cultura toda es en esencia pregunta por la vida, interrogación por el ser humano y cuestionamiento acerca de los males sociales, mientras que la derecha no se pregunta nunca nada. La derecha vive de evidencias: fincas, abolengo, liquidez, fronteras, estatus. Todo esto son valores catastrales, pero no ideas que hagan avanzar el mundo. Ser de izquierdas no es instalarse en la izquierda, sino la desinstalación permanente, que nos entrega a las fuertes corrientes de las ideas, a los vendavales del pensamiento y a la renovación permanente. La izquierda vive a la intemperie, abierta a las circunstancias fecundas, racionales e internacionales. Esos optimistas del pesimismo que son los eternos esperanzados, aún creen que la derecha gestiona mejor los recursos públicos que la izquierda y que incluso está más capacitada para meter gente de la calle, esto es desempleada, en uno u otro trabajo, aunque para lo que está realmente habilitada es para recortar derechos de los trabajadores y abaratar el despido. Sabido es que la derecha castiga moderadamente a unos, aleja ramplonamente a otros, excluye a muchos y premia jubilarmente al resto. Vamos, es notorio que los conservadores no tienen política social. Y es que a la derecha no le falta testosterona política, sino que le sobra, aunque siempre la utiliza para lo mismo: dejar al proletariado hecho una felpa, con orejas y ojos de pobre, pues no en vano es un partido tradicional, conservador en el dinero y rutinario en las ideas. Algunas encuestas, aunque inquietantes para la izquierda, no son como para tomarse un Prozac ni una Viagra, aunque la derecha sigue, paso a paso, verso a verso, endureciendo su oposición en el calendario y crispando a la sociedad en la televisión. Y a partir de esta irresponsabilidad nacen todos los disparates y actos gratuitos, como mentir, insultar, descalificar o difamar a toda persona supuestamente de izquierdas que otean en el horizonte. Sin embargo, la izquierda, hábil y cautelosa, no puede hacer de esas encuestas un desastre dolido y doliente, ni entregarse a ordalías y vanos enfrentamientos, pues metafísicamente la convertiría en la alternativa necesaria que incomprensiblemente se dejó la casa cerrada con las llaves dentro. Conviene recordar que ser de ser de izquierdas no depende de una entrega colegial de diplomas, sino que exige enfrentarse dialécticamente a determinados perros perdidos, sin collar y sin microchip identificativo. La izquierda es superior a la derecha en muchas cosas, pero sobre todo en que tiene un discurso histórico, ético y social del que no debe despegarse. La izquierda cree en Montesquieu, respeta la actividad parlamentaria que fabrica las leyes, gran fragua de lo democrático, astillero de donde zarpan las afiladas naves del deseo de las mayorías. La derecha, por el contrario, siempre pensó en sepultarle, porque no cree en el instinto tribal de la justicia ni en el sueño de la igualdad. ¡Qué difícil es distinguir las propuestas políticas de izquierdas que nos sitúan en esa tesitura en la que todo es posible, justo antes de ser demasiado, de las políticas de la derecha que simplemente seducen! En fin, la vieja panoplia del socialismo debe incorporar al cuadro de las lanzas sus más nobles espingardas, dialécticas, claro está, si pretende volver a ganar las elecciones.

Fabricio de Potestad Menéndez Médico-Psiquiatra y escritor



Email del Autor: fabdepopa@latinmail.com
Página web del Autor: http://


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