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Sartre

Por Fabricio de Potestad
Sartre

La luz festiva, bohemia y culta de una ciudad como París, que se despierta fascinada con las pinceladas impresionistas de Renoir o con el oscuro esteticismo de Mallarmé, actúa como un eficaz analgésico, pero cuando cesa su efecto, la vida reaparece con su áspero ropaje. Y entonces, en Les Deux Magots, pretencioso y solemne café donde cada cliente sigue siendo para su vecino un filósofo, resurge la náusea sartriana, caótica y helada, que nos impele a romper con los confortables esquemas en los que hipócritamente estamos instalados.
Hace casi treinta años que enterramos a Sartre en el cementerio de Montparnasse, aunque no del todo. Y digo que casi le enterramos, aunque yo no estaba en París ese día, porque lo de Sartre no fue una esquela definitiva, un panteón que se cerraba, un filósofo francés que se hundía nocturnal en las aguas del Sena. No; el Sena no es una barrera de agua que nos separa de la realidad, que nos preserva y que nos permite, ahora, cruzar los puentes de París despejados de existencialismo, porque “El ser y la nada” de Sartre sigue ahí, molestando, inquietando, reivindicando la dimensión absoluta de la libertad humana y recordándonos algo tan obvio como que “el infierno son los otros”, pues el ser humano busca siempre imponer su voluntad y dominar a sus semejantes, de ahí que las relaciones humanas, aun siendo necesarias, son siempre inevitablemente conflictivas. Los semejantes son, en efecto, un límite, algo indigesto, una hoguera abrasadora, un cuchillo que corta el aire, un peligro existiendo gratuitamente, una zambra bruna inspirada en ese manual medieval de inquisidores de Bernard Gui, un obstáculo, en definitiva, de peligrosa densidad para las pretensiones y deseos de cada ser humano. La libertad ilimitada de cada uno queda enfrentada a otra libertad igualmente ilimitada, que puede obstaculizar o impedir el desarrollo del propio proyecto existencial. Los deseos y los intereses de uno se topan con los anhelos y necesidades del semejante, de tal suerte que el prójimo se torna amenazador y supone un peligro, un reto, un molesto competidor; hasta tal punto que cada tentativa de libertad se enriquece, en principio, con el fracaso del libre albedrío del prójimo. De ahí que mientras uno procura someter al semejante, éste intenta, a su vez, dominarle también. De hecho, la organización de la sociedad siempre se ha basado en oposiciones binarias: amos y esclavos, señores y vasallos o burguesía y proletariado. Y no hay razón alguna para pensar que este modelo organizativo vaya a ser superado. Y es que el París de los bouquinistes, curtidos por el viento, la lluvia y las heladas, el París de Émile Zola, se abre al mundo a costa de la clausura de ese otro París, el de Gustave Flaubert. Es, en fin, el mundo de Sartre que se expande y no cesa.
El diluvio universal que acabó con toda la humanidad menos con Noé y su familia, el asesinato administrativo de millones de personas en Auschwitz y Mauthausen, el desastre contabilizado en víctimas humanas ocasionado por las bombas atómicas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki o la guerra de Irak son una prueba inequívoca de que “el infierno son los otros” Y sin necesidad de recurrir a tales extremos, el crimen de Nagore Laffage, el lamentable caso de Aminetu Haidar, el vejatorio intento de desacreditar al único testigo ocular del crimen de Fago -prestigioso y honesto neurólogo donostiarra-, o el desprecio de Rouco Varela por los que no comparten su credo son buenas pruebas de que el escenario sartriano no es mera charlatanería nihilista. De hecho, las dramáticas desigualdades, el despiadado instrumentalismo de la derecha o las constantes querellas acerca de la identidad nacional no resultan precisamente esperanzadoras. Y uno piensa que fuera del socialismo democrático no hay solución para todos estos desencuentros.
Hoy se sigue leyendo y estudiando a Sartre, pero no sólo como un clásico, pues es mucho más, sino como el último metafísico, un escritor actualísimo y un socialista sentimental y representativo. No pretendo con ello tomar los cuarteles de invierno, pero entre la derecha y la izquierda no hay, naturalmente, trato carnal ni pareados que lo glosen, que las dos son muy distintas. La derecha transparenta la continuidad confinada y aburrida, y el socialismo prefiere seguir con el proletariado.
Sartre se opuso tenazmente a ese clima de cultura de escritorio, a ese moralismo hipócrita, melancólico y de clase media, a ese pensamiento moralizante que, en cuestión de libertades, no había ido más allá de Galerías Lafayette. Así, Sartre nos sigue importunando con la desdicha de nuestra contingencia y el fastidio de nuestra inevitable finitud. Sartre no escandaliza desde su vida, como otros intelectuales. Escandaliza desde su filosofía llena de angustia y de la náusea que produce vivir sin propósito ni finalidad alguna. Y es que la vida, con o sin las canciones desgarradas de Edith Piaf, sigue siendo una pasión inútil, que, pese a todo, hay que vivir, pues merece la pena. No en vano, los seres humanos somos dueños de nuestra vida y de nuestra muerte, pues si algo nos define es que no somos rehenes de nadie. Es leyenda que un día Camilo José Cela explicó así sus iniciales, CJC: comer, joder y caminar, convirtiendo los tres infinitivos en lema de su vida. No le cabía un cuarto infinitivo, beber, pero hubiese sido mucho más completo. En fin, en Pamplona hay demasiada joyería folclórica y moral, por eso este artículo lo escribo arrellanado en el Café de Flore de París, en el corazón de Saint-Germain-des-Prés, donde el existencialismo todavía incita al inconformismo y a una dosis saludable de acratismo.

Fabricio de Potestad Menéndez
Médico-Psiquiatra y escritor.


Email del Autor: fabdepopa@latinmail.com
Página web del Autor: http://


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