Estos dos caminos pueden ser convergentes o divergentes. La razón, lo racional, lleva al intelecto desde el intelecto. Sus frutos más abstractos son las teorías y los más concretos los conocimientos sobre esto o aquello; todo eso que llamamos erudición. La más alta aspiración de los intelectuales es elaborar inteligentes teorías y poseer una rica erudición.
Teoría es resultado del pensar, hipótesis, opinión. Este camino de la mente discursiva no necesariamente implica a la conciencia, al corazón.
El camino del corazón, en cambio, es el camino místico, que precisa del desarrollo de la conciencia y conduce a la inteligencia intuitiva, al conocimiento de lo sagrado. Su más alta aspiración es la unión íntima con Dios, a la que se llega a través de la sabiduría. Esta no es producto de una teoría ni de una hipótesis; no nace desde el intelecto, sino de la práctica de las virtudes que conduce a la intuición, la más pura y directa forma de comprensión que elude el pesado pensar discursivo de la mente intelectual.
La conciencia divina en el Cosmos sigue ciclos precisos de CONTRACCIÓN-EXPANSIÓN, originando incesantes creaciones en la fase de expansión, como enseña el cristianismo originario y muestran fenómenos como la Gran Explosión, con que se inició nuestro mundo conocido, así como los ciclos de las estrellas y todos los demás ritmos cósmicos, que reflejan el gran ritmo de contracción y expansión, correspondiente con la ley divina del dar –recibir-dar incesantes.
Por desgracia existen en nuestro mundo muchos tipos de adoradores del intelecto que operan en muy variados terrenos sociales. En los campos de la Ciencia, por ejemplo, se hallan muchos de estos fanáticos que pretenden hacer de la ciencia una nueva religión mundial sin Dios, al que aspiran a suplantar para modificar a su gusto la Creación entera si pudieran. Y es que en lo referente a la espiritualidad, muchos científicos se declaran ateos o agnósticos, mientras otros se decantan por alguna religión convencional que de ningún modo les obliga a cuestionar su trabajo diario. Unos pocos son los que parecen mantener posturas espirituales independientes y tratan de de unir ciencia, espiritualidad y conciencia, que son vistas por la mayoría como antagónicas o vividas como si fuesen compartimentos separados.
Independientemente de sus creencias metafísicas, los científicos de nuestra época actúan como les piden las empresas que pagan sus salarios a las que nada les importan los principios éticos; por tanto eluden hacerse preguntas incómodas para la conciencia a la hora de trabajar, por ejemplo, con la energía atómica, la clonación, la invención de armas, los trasplantes de órganos o los alimentos transgénicos. Esta es la razón por la que la Ciencia actual carece no sólo de neutralidad, (pues obedece a los pedidos del mejor postor) sino de moralidad al ir contra las leyes divinas impresas en la Naturaleza, que son las leyes de la vida, de Dios…
No es único el caso de la Ciencia, sino que otro tanto sucede con la mayoría de las gentes influyentes desde la religión, cultura, el arte y la educación, o desde las organizaciones e instituciones oficiales de todo tipo. Las clases dominantes y sus servidores en todos los campos son ampliamente responsables (por activa o por pasiva) del caos en que vive la actual población del mundo y el propio Planeta. Este clima de amoralidad, cuando no de abierta inmoralidad en los responsables de la Ciencia y en los demás responsables intelectuales de la sociedad hace que cada descubrimiento de aquella se convierta en una nueva amenaza y en un peligro para la humanidad en la misma medida que los representantes de las naciones los financian y apoyan.
La falta de sabiduría y el fanatismo de diversos tipos que lleva a las situaciones extremas que vive nuestro mundo son así consecuencia directa de un modo de pensar racionalista, pero sin racionalidad, religioso, pero sin Dios, culto pero sin sabiduría, donde los diversos poderes que se dicen defensores de los derechos humanos -y hasta guerrean con ese argumento- no sienten respeto alguno por la humanidad, pues sus dos obsesiones mayores son prestigio y riqueza. Y la erudición y el poder el modo de conseguirlas.
De un modo natural, partiendo del corazón, es posible unir el camino del erudito y el del sabio en uno solo siempre que el ego no se interponga para conducirnos a dos tipos de fanatismo: a un racionalismo extremista que conduce al escepticismo espiritual y al materialismo, o al fanatismo religioso que obstruye la capacidad de pensar en libertad y se muestra enemigo de la libertad de conciencia. Ambos rostros del fanatismo son dos peligrosas maneras de ser, vivir y actuar en el mundo. Contra ellos es preciso estar prevenidos.
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