¿Cree usted en la casualidad, por ejemplo? La mayoría piensa que el azar determina que uno tenga que enfrentarse a situaciones tanto agradables como desagradables. Pero si usted es de los que no creen en la casualidad, se encontrará en minoría y fácilmente se sentirá tentado a preguntarse si tienen razón los otros, esas mayorías que deciden y a la vez llevan a cabo lo que se espera de ellos (y lo que se espera de ellos es que no se salgan del guión cuidadosamente preparado para que piensen lo que deben pensar y actúen en consecuencia). Por eso entre las mayorías hay dos deidades a las que se rinde culto: el nombrado Azar y la diosa Razón. Esta pareja de dioses ha ido alcanzado tal grado de credibilidad que pocos se atreven a poner en duda su poder. Pero mientras la creencia en el azar induce al conformismo y a la pasividad resignada, diosa Razón convertida en racionalismo (que es la versión fanática de la racionalidad) aspira a hacernos creer que posee todos los secretos de la realidad. Y en manos de la ciencia clásica aún quiere llevarnos a pensar que es capaz de poseer el secreto de la vida y llevarnos a la inmortalidad. Pero…
La ley de causa y efecto se opone al azar.
En El Kybalion, compendio de sabiduría atribuido al egipcio Hermes Trimegistos (“El tres veces sabio”) anterior a la época de los faraones puede leerse sobre el azar: “Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la ley. Casualidad no es sino un nombre para la ley no reconocida. Hay muchos planos de causación, pero nada escapa a la ley”.
En El Dhammapada (“El sendero de la ley”), uno de los libros más antiguos de la humanidad, equivalente según los budistas al Sermón de la Montaña de Cristo, se dice:
“Las cosas vienen de lo más íntimo”; nacen del corazón, y el corazón las dispone. Si un hombre habla u obra con un mal corazón, el dolor irá tras él como la rueda del carro tras el pie de las bestia que lo arrastra”. Y añade: “Si un hombre habla u obra con buen corazón, la dicha le seguirá sin separarse como su propia sombra”.
Por su parte, Cristo nos habla de la Ley de Causa y Efecto y afirma: “Lo que siembres, eso cosecharás”. A la cosecha se le llama Destino, y depende de uno que este sea de un modo u otro: exactamente depende de la siembra.
Existe por tanto un orden cósmico con leyes precisas que cuestionan la existencia del azar. Leyes que la ciencia apenas si alcanza a entrever en su más hondo significado.
Muchos científicos consideran que el conocimiento de las leyes que rigen el universo es posible a través de los instrumentos de que la ciencia dispone. Y sólo por este medio.
La diosa Razón es contestada.
¿De qué instrumentos nos servimos los humanos para saber qué es real y qué leyes lo rigen? Básicamente de tres: intelecto discursivo que elabora teorías, por un lado, y tecnología y experimentación por otro. Con ellos se pretende crear una ciencia objetiva, racional.
¿Has qué punto son válidos estos instrumentos? Veamos qué opinan al respecto algunos científicos conocidos: “La razón discursiva no nos conduce hasta el fondo de las cosas” (Bernard D´Espagnat). “Los instrumentos de observación y el operador que actúa con ellos modifican la realidad que pretende observarse” (Heinsenberg, en su “Principio de Indeterminación” cuántica). “Una teoría es un ensayo de aproximación a la realidad, no la realidad” (David Bohm premio Nobel de Física).
Nos hallamos, pues, ante un descrédito de los instrumentos del conocimiento científico, lo que nos lleva directamente al descreimiento y destronamiento histórico de la diosa Razón. Se derrumba, y con ella arrastra a la física clásica cuyos fundamentos lógicos se apoyan en ella y bajo cuyo reinado nuestros cerebros se han acostumbrado a interpretar el mundo de un modo que ahora vemos limitado según nos muestra la física cuántica.
Si ya no es posible establecer la frontera fiable entre un objeto y su manifestación, entre lo real y lo aparente – tal como demuestran los experimentos de la mecánica cuántica- tenemos que reconocer que nos hallamos en el umbral de una nueva manera de mirar el mundo que en nada debería parecerse a la de nuestros antepasados. Bajo el imperio de la física clásica contemplábamos lo infinitamente grande, y Newton nos dio una importante contribución, pero no suficiente para comprender lo infinitamente pequeño ni lo que escapa al dominio de la razón discursiva. Parecía fácil establecer que la realidad podía contemplarse “desde fuera”, por un observador para el que la razón y el instrumento de medida bastaban para hacer ciencia fiable. Nada más falso.
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