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La teoría del aplauso

Por EBER H. BELTRÁN GARCÍA
La costumbre de aplaudir es tan antigua como el hombre y su objetivo principal es hacer ruido para comunicar repudio o aceptación; aunque para algunas sociedades constituye un elemento tan importante de su cultura ya que poseen todo un ritual para su ejecución. Dado que carecemos de conocimiento sobre la técnica para aplaudir, heredada desde nuestra infancia y no proporcionada por la escuela, aplaudimos como podemos y apenas hacemos ruido. La técnica que imprime más decibelios se realiza aplaudiendo con las manos rectas, ligeramente ahuecadas y una más adelantada que otra.

Arturo Graf, fue un italiano de ascendencia alemana nacido en Atenas que se educó en la universidad de Nápoles. Fue profesor de literatura italiana en Roma y, luego, en la universidad de Turín. Fundó el Giornale della letteratura italiana, y sus trabajos incluyen valiosas críticas literarias, aunque es mejor conocido como poeta. Sus libros de poesía -Poesie e novelle, Dopo il tramonto versi- le otorgaron un alto lugar entre los escritores líricos de su país.

Este gran hombre escribió una de las frases más célebres de la historia que hace referencia al pago que reciben aquellos que buscan el protagonismo en lugar de una vida sencilla y reflexiva: “El aplauso del pueblo vulgar es generalmente falso y sigue más bien a los hombres vanos que a las personas virtuosas”.

En la mayoría de países latinos el aplauso no constituye, como respuesta, una aceptación tras experimentar una emoción tan intensa que nos dejara satisfechos. La cultura que poseemos los peruanos, por ejemplo, pese a que el aplauso que de manera habitual brindamos no es realizado con conocimiento de técnicas apropiadas, nos obliga a ofrecerlo como un indicador de aprobación ante el modo de expresión y comportamiento (oralmente o con acciones) de las personas, sin previa reflexión y en muchos casos sin merecerlos. A mayor cantidad de aplausos, mayor aprobación… es así como se manejan las masas para obtener de ellas su respaldo y decir que lo que se hace es “justo”.

El grado de desarrollo cultural de las comunidades latinoamericanas se ha estacionado en la era del conocimiento aún teniendo a la globalización como fenómeno estimulador. Para ello, los medios de comunicación masiva han dado su mayor aporte a través de la producción y edición de programas que se caracterizan por el oportunismo y la manipulación de situaciones conflictivas, problemáticas o de debilitamiento de algunas de las dimensiones de la persona humana, ya sea de manera individual o grupal. En el año 2005, el filósofo limeño Gustavo Flores Quelopana publica en la capital un artículo titulado “La humillada cerviz” que el arquitecto Percy Acuña Vigil considera clave por su vigencia y nos ayuda a reflexionar acerca de nuestra identidad como peruanos. “Todo huele a extranjero” –afirma

Acuña- “so pretexto de una globalización mal entendida, con una total pérdida de identidad, alentada por las mismas autoridades, y promovida desde las mismas universidades en donde se forma a quienes contribuirán a darle la estocada final a lo poco que nos queda. Ya es poco interesante sentirse peruano. Y peor es lo que ocurre con la arquitectura. Es un reflejo de lo que Gustavo Flores nos dice sobre el trastorno grave de nuestro psiquismo colectivo.”

De todos los programas televisivos de moda (top show) son los programas de entrevistas y debates (talk show) aquellos que gozan de mayor audiencia televisiva. Estos programas han evolucionado desde su origen en los años 50. La intención primera de brindar un espacio de esparcimiento nutrido de variedad, buen gusto y buenos consejos –vía la televisión- que contribuyan a mejorar la vida de las personas se ha convertido en un plan estructurado con la única intención de responder a solidificar a gran escala la ya portentosa economía de los dueños de las compañías de televisión y de quienes, en su entorno, se benefician con este tipo de estereotipos.

Nuestra cultura contiene también otros referentes como el celebrar los fracasos antes que los triunfos, reírse de las desgracias y el dolor de los demás antes que sentir preocupación y aportar soluciones y reforzadores, o aplaudir a aquellos que más gravemente insulten y degraden a los demás. De este modo, el aplauso se ha convertido en un recurso indispensable para manejar o redireccionar el comportamiento de cuantas personas se pueda con la intención de obtener beneficios económicos, satisfacer el ego personal o las ansias de poder cuando no se ha logrado ejercer la autoridad. El valor del aplauso ha sido disminuido en nuestro tiempo y en nuestra región, aún más.

Aunque algunas personas pudieran pensar que valen mucho porque son aplaudidas recordemos ante todo que “El valor de una persona no depende de los otros” (“Libertad vivida con la fuerza de la fe” de Jutta Burggraf. Ediciones Rialp. Madrid, 2006). No obstante, debemos recordar los beneficios que brinda el aplauso. Al ser aplaudidos se estimulan neurológicamente los centros de respuesta de la felicidad localizados en la corteza cerebral. El aplauso estimula, reconforta, anima y alegra; y, además, es gratis.

Ante todas las dificultades y entrampamientos que el giro desordenado y vertiginoso de la cultura actual se nos impone como reto es preciso desarrollar mecanismos de respuesta que nos permitan crecer de manera personal y en armonía con el entorno. La pertinencia de una buena cultura del aplauso ha de servir como estrategia para asumir con seriedad y alegría cada desafío… El trabajo bien hecho es satisfactorio y anima, pero más importante es aún saber que una persona animada hace mejor el trabajo, más satisfactoriamente. En esto, el aplauso vale y vale mucho.

El Dr. Markowetz, Premio Nobel de la Ciencia, descubrió que la motivación y la capacidad de iniciar movimientos con las extremidades ocurren en la porción anterior de los lóbulos frontales. Para obtener lo que conocemos como, aplauso cabe destacar, que dicho movimiento esta co-relacionado a un área de aproximadamente el 70% del cerebro humano dedicada para dicha función.

Aplausos y abucheo, aplauso y ovación ambas, préstamos cultos del latín. En latín había “plausus” y “applausus”. Nebrija (1492), en su Diccionario Latino-Español, traduce “plaudere” como “favorecer con voz y manos” y “plausus”, “por aquel favor”; “applaudere” como “dar favor a otro” y “applausus”, “por aquel favor”. En su Vocabulario Español-Latino, coloca “plaudere” como equivalente de favorecer con grita y de favorecer con gestos y manos y “plausus”, de favor en esta manera. Ovación, Nebrija lo traduce como “el triunfo a pie”, pero con el sentido actual con el que se convierte en un intensivo de aplausos sólo aparece a mediados del siglo XIX. Podemos citar varias categorías de aplausos que pueden manifestarse independientemente o en una combinación de causas: De rigor, irónicos, por compromiso, guiados, de simpatía, de respeto, de aprobación, de satisfacción, de admiración y como tributo.

Finalmente, un aplauso es una obra de arte, no es cualquiera que lo realiza con exactitud y con la destreza requerida para ser considerado como aplauso. Un aplauso es un gesto estimulante que se ofrece como premio a quienes en un momento determinado realizan un acto resaltante. Los aplausos son a veces rituales, expresiones de alegría, de admiración o desagrado, también pueden ser descriptivos. Fabio Lacolla afirma que el aplauso libera la tensión que el público acumula, es algo que tiene que sacarse de encima utilizando un recurso de la más tierna infancia al liberar esa energía a través del golpeteo de las manos. Recordemos que los aplausos acarician la vanidad y esta, a su vez, hace al individuo vulnerable a cualquier vicio.

Es importante para las personas recibir aplausos, pero es más fundamental saber administrarlos de manera permanente con los demás para estimular la participación y generar ambientes agradables, propicios para cualquier actividad humana.




Email del Autor: eradelconocimiento@gmail.com
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