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Quien tenga la culpa, que levante la mano

Por Eccio Leon R



En los momentos difíciles la receta más fácil para aliviar la frustración es echarle la culpa de lo que ocurre a alguien, buscar chivos expiatorios. Esta natural tendencia ha ocurrido desde tiempo inmemorial.

En la situación económica actual en los Estados Unidos, por ejemplo, lo último que la gente afectada quiere escuchar es que algo de culpa tienen de lo que está ocurriendo. Se les “forzó” a tomar hipotecas que no debían tomar, se les “engañó” para que se endeudaran más de lo que debían, etcétera. Como si las personas fuesen inocentes corderos que van obedientemente al matadero si algún truhán les guía en esa dirección.

Lo que es peligroso, sin embargo, es que los políticos aprovechen esa situación para tratar de ganar popularidad, aún a sabiendas de que el costo de hacerlo será asumir propuestas o soluciones que a largo plazo resultarán contraproducentes.

En la búsqueda de culpables, los términos “libre comercio” e “inmigración” se han vuelto algo así como maldiciones, como insultos. Dentro de la contienda por la candidatura demócrata para la presidencia, el extremismo proteccionista y anti-inmigrante han alcanzado proporciones patológicas.

Por otra parte, quienes han perdido su empleo no quieren escuchar que es posible esto haya ocurrido porque sus habilidades sean obsoletas, porque ha sido sustituido por una máquina o porque la rigidez de sus contratos sindicales los sacó del mercado.

Reconocer esa dura realidad invita a la reacción romántica donde quisiéramos que nunca nadie perdiera su trabajo; de paso, que todos ganaran lo mismo, que tuvieran acceso a servicios de salud de alta calidad y sus hijos a educación de primera. Preferentemente que trabajaran 35 horas a la semana (a la europea) para tener buena vida familiar y dos meses de vacaciones pagadas al año.

Pero después suena la alarma del despertador y nos encontramos con una realidad mucho más dura y despiadada. En esta, las fuerzas laborales se renuevan, la obsolescencia se paga con la pérdida del empleo y se tiene que trabajar duro para salir adelante.

Se dice que quien no estudia historia corre el riesgo de repetir el pasado. Hoy es particularmente importante recordar lo que ocurrió en otros momentos similares a éste cuando la gente clamó por realizar una quema de brujas como resultado de la tempestad económica.

Algunos historiadores han relacionado el desplome de la bolsa de valores de 1929 con el surgimiento de actitudes proteccionistas en los Estados Unidos al principio de esa década. La primera manifestación de éstas se originó en el deseo de proteger a los productores agrícolas y ganar sus votos lo que llevó a la promulgación de la Ley Fordney McCumber.

Esta ley encarecía la importación de los excedentes que finalmente los productores europeos empezaban a generar una vez que acabó la guerra. Los agricultores americanos, acostumbrados a los altos precios de la guerra, buscaron mantenerlos artificialmente poniendo impuestos a las importaciones.

La promulgación de esta ley tuvo un efecto catastrófico sobre las economías europeas cuya producción agrícola finalmente se recuperaba después del fin de la Primera Guerra Mundial.

Posteriormente, después del desplome de la bolsa, la situación económica del los Estados Unidos se deterioró en forma vertiginosa. En esa época, el centro hegemónico residía en Inglaterra, pero hacía tiempo que el motor económico del mundo era Estados Unidos. Un alto número de empresas se declararon en bancarrota y, consecuentemente, los niveles de desempleo crecieron en forma explosiva.

Vino, entonces, la segunda oleada de proteccionismo. El clamor popular fue a favor de proteger a las empresas estadounidenses y a los empleos, de que por intervención gubernamental se tomaran medidas para limitar el impacto de la debacle financiera en la economía real.

Dos “brillantes” senadores, Reed Smoot de Utah y Willis Hawley de Oregon, urdieron la solución que elevaba el sentimiento proteccionista al siguiente nivel: promulgaron una ley que imponía aranceles, impuestos compensatiorios, de hasta 60% para 3,200 productos importados. De esa forma, los consumidores estadounidenses tendrían que favorecer la demanda por productos locales.

La historia nos dice que la infame ley “Smoot-Hawley” es probablemente la más dañina medida económica tomada en el siglo XX. Tuvo varios efectos la medida, a cual más devastadores; hizo que los precios de los productos locales creciera en forma desproporcionada, provocando fuerte presión inflacionaria y mermando aún más el poder adquisitivo de la gente.

Lo que en ese momento era una incipiente recesión local en los Estados Unidos se volvió una depresión, y la crisis fue exportada al resto del mundo que repentinamente perdió la capacidad de tener acceso a la demanda generada por el principal comprador del mundo.

Adicionalmente, todas las economías del mundo desarrollado decidieron responder poniendo también impedimentos a las exportaciones estadounidenses, erigieron sus propias barreras comerciales. Las economías europeas, en particular, perdían la capacidad para pagar la enorme deuda contraída como resultado de la Primera Guerra Mundial.

Numerosos historiadores y sociólogos concluyen, a casi 80 años del evento, que es la ley Smoot Hawley una de las principales causas que explica el surgimiento del movimiento nacional socialista en Alemania, y consecuentemente una importante semilla para la Segunda Guerra Mundial.

El que en este momento se clame por la revisión o incluso por la cancelación del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (o NAFTA, por sus siglas en inglés) y que parezca imposible la aprobación del acuerdo de libre comercio con Colombia (que debiera volverse el bastión de la economía de mercado, ante las afrentas chapistas) es una aberración tanto en términos económicos como políticos.

Nunca deja de sorprenderme que cuando se discute sobre globalización o libre comercio siempre se hace énfasis en el costo directo que éstos tienen en términos de pérdida de empleos o de cierres de empresas. La gente, sin embargo, no se pregunta sobre el enorme impacto positivo que tienen sobre los precios, incrementando el poder adquisitivo de los consumidores.

La lógica del comercio internacional es que si se permite que los países se especialicen en producir aquellos bienes o servicios en los que tengan ventajas comparativas, los costos de éstos se reducirán conforme la eficiencia para producirlos y las economías de escala se reflejen.

Sería absurdo pensar que la solución a la pérdida de empleos en los Estados Unidos sería cerrarse a toda importación proveniente del exterior, de tal manera que en vez de importar juguetes de China, por ejemplo, éstos volvieran a ser “Made in USA”. Los precios de los juguetes se irían por las nubes y, con certeza, los trabajos que se generarían recibirían el salario mínimo.

Esto nos lleva a la siguiente discusión sobre el tema de inmigración. Los inmigrantes llegan a los Estados Unidos porque hay demanda por su trabajo. Si la pizca de algodón en California la hicieran trabajadores estadounidenses que recibieran salario mínimo y prestaciones laborales normales, pagaríamos 500 dólares por una camisa.

Si recordamos que la tasa de desempleo hasta hace muy poco estaba a niveles de 4.4%, podemos tener la certeza de que ni siquiera sería posible emplear gente sin que se tuviera que recurrir a sacarlos de otros empleos ofreciéndoles salarios más altos. Esto provocaría altos niveles de inflación, y menor crecimiento económico que se detendría hasta que la economía se estancara durante un período suficiente para que se generara abundante desempleo para proveer de trabajadores de bajos ingresos al resto de las industrias. Con el proteccionismo y sin movilidad laboral nadie gana a la larga y, de una u otra forma, todos pierden.

Por otra parte, el impacto para otros países que hoy se benefician de poder exportar sus productos a la economía más grande del mundo sería también considerable. La mejor forma de prosperar proviene de que la riqueza de unos retroalimente a la de otros. Una vez más, esa es la lógica del comercio internacional.

Olvidándonos de los beneficios morales de buscar un desarrollo internacional más equilibrado, aún por razones absolutamente egoístas los países ricos tienen que estar seriamente consternados por la existencia de países donde impere la miseria y la ignorancia. Éstos serán siempre reductos para delincuentes y terroristas, y terreno fértil para el surgimiento de extremismo e intolerancia.

El once de septiembre de 2001, los estadounidenses recibieron un importante recordatorio de que no están solos en el mundo y de que no hay muros suficientemente altos ni ejércitos tan poderosos que puedan permitir que un país viva en una isla totalmente al margen de lo que ocurra más allá de sus fronteras.

Con respecto al tema migratorio, los estadounidenses tienen que recordar que hoy son lo que son por su condición como país de inmigrantes. La historia de los Estados Unidos tiene una enorme importancia para el mundo siendo la de una nación que surge de una revolución que no intentaba darle poder a un monarca o a un lider religioso, sino al pueblo.

La constitución estadounidense es el epítome de una modernidad que predica el respeto a los derechos del individuo ante la fuerza del estado, la igualdad y el derecho a “buscar la felicidad” no como principios religiosos, sino como verdades que por su elemental valor, son evidentes.

La prosperidad económica proviene precisamente de la migración de hordas de irlandeses, italianos, judíos, chinos, coreanos, centroamericanos, mexicanos que han migrado siempre huyendo de la falta de oportunidad en sus países, y buscando la posibilidad de prosperar por su propio esfuerzo.

A largo plazo, lo que hará que los Estados Unidos siga siendo el mayor poder económico en este siglo XXI será precisamente su población heterogénea unida por el propósito común de buscar que las condiciones de la próxima generación sean claramente mejores a las de la que la precede.

La riqueza cultural y la ética de trabajo que proviene de esa amalgama de migrantes siempre, en mi opinión, rebasará a poblaciones homogéneas, cuya postura social proviene del derecho que les otorga el ser de ahí.

Es precisamente ese rechazo al migrante y a quien es diferente lo que enterrará cualquier posibilidad de unión en europa, y acabará condenando a las economías de la zona europea a una sucesión de mayores pagos de impuestos para menos prestaciones sociales, conforme cada vez menos jóvenes tengan que pagar por los derechos “inalienables” de sus padres y abuelos.

La retórica populista anti-libre comercio y anti-inmigrante amenaza con provocar cambios que reducirían la capacidad de la flexible y poderosa economía estadounidense de reaccionar después de la tempestad. En buena medida, el posible contagio del malestar estadounidense al resto del mundo también dependerá de la adopción o no de estas medidas.

Hoy existen más motores para el crecimiento económico mundial que, a diferencia de la situación hace ochenta años. Es precisamente por ese motivo que es importante evitar que por perseguir monstruos imaginarios, le acabemos cerrando la puerta a quienes pueden ayudar a acelerar la salida del pantano en el cual estamos.

Email del Autor: cedros@hcb23.com
Página web del Autor: http://

Publicado Sunday, April 20 2008

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