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Adán y Marta eran un matrimonio joven, con muy poca experiencia y ambos de una manera u otra habían sufrido maltrato durante su crianza. Ambos trabajaban todo el día, pero sus ingresos no eran suficientes para cubrir sus gastos, a pesar de lo mucho que trabajaban. Una vez cumplían con sus obligaciones, no le sobraba ni para gasolina, menos aun para ahorrar. A pesar carecer de seguro médico, y con todo en su contra decidieron tener un hijo. Sus padres y amigos, conociendo su situación socio económica. No mostraron mucha alegría, más bien preocupados, mostraron indiferencia.
Con el nacimiento del bebé todo fue alegría y entusiasmo. Pero de inmediato lo imprevisto les trajo complicaciones que elevaron los costos del parto y comenzaron a minar su júbilo. Ella tuvo que comenzar a trabajar antes de lo deseado y conseguir una guardería infantil que estuviera al alcance de su presupuesto, fue casi imposible.
Después de una exhaustiva búsqueda el encontró un lugar atendido por dos señoras ancianas quienes cuidaban a nueve bebes. Observo aquel panorama de bebes amarrados a sus asientos de bebe, llorando y otros en mantas en el suelo, indiferentemente mirando al techo. Aunque no les gusto el lugar, era su mejor opción económica o uno de los dos dejaba el empleo, o dejaban allí su bebe. Y decidieron matricularlo en el cuido. Peor aun, por las exigencias de su trabajo, casi nunca podían llegar a tiempo a recogerlo, y el cansancio les dejaba sin animo para jugar. Otro bebe que llegaba al mundo que tampoco aprendería a jugar.
El dilema de estos jóvenes anónimos en vez de la excepción, se ha convertido hoy día en la regla. Tanto es así, que ya nos hemos habituado a ello y la sociedad se ha entrado en la negación de su frustrante precipicio. Si en uno de los países más ricos del mundo como lo es los E.U, una joven pareja que desea tener hijos enfrenta estos graves dilemas, algo anda muy mal,
Muchos dirán que comparada con muchos otros bebes de otros países, o de madres solteras, este es agraciado porque su madre le quiere, tiene padre y tiene un hogar. Pero, ¿cómo será el mundo que le espera?
Según las estadísticas del Dpto. de Salud de E. U., todos los días, 2,800 niños sufren el divorcio de sus padres; y para un millón y medio, la única forma de ver a sus padres es visitarlos en la cárcel. Cada día, en los Estados Unidos, asesinan a veintidós niños; cada noche unos 100,000 niños duermen en los parques, bajo los puentes o en albergues para personas sin techo.
A nivel global, las estadísticas son aún más espeluznantes. Diariamente mueren de hambre casi 50,000 niños, y millones realizan trabajos forzados, incluso en los burdeles de Asia para satisfacer la demanda del los depravados sexuales. Además, se calcula que actualmente casi 300 mil niños—algunos de sólo cinco años de edad—son contratados, es decir, secuestrados, para luchar en los conflictos armados que se libran desde Centroamérica, Asia y África.
Para los bebes que día a día nacen, su mundo no será un lugar nada de acogedor. Tarde o temprano, en el hogar no menos que en el parque público, se verán acosados por problemas que podrían culminar en situaciones de abandono, abuso sexual, suicidio, abuso emocional, o acceso a drogas, armas y pornografía. Víctimas de los miles de cazadores de niños, que son entes sin escrúpulos, sin moral y sin conciencia que se lucran del dolor y el sufrimiento de los demás.
Las horas del día no alcanzan ni para vivir nuestras propias vidas y parece que somos incapaces de ver más allá de las necesidades inmediatas. Así terminamos por quedar sumergidos en la trampa de la indiferencia. Los diplomáticos y los políticos, como pueden ver a diario en Puerto Rico, obedecen al poder de los intereses creados y son sus instrumentos.
Según tengo entendido, los niños no tienen comités de acción política, ni disponen de capital, ni votan. Son pequeños símbolos que están a la mano para recibir besos en las campañas electorales. Pero cuando se ponen en marcha los programas concretos de los políticos, quedan enmarcados por la indiferencia hacia estos. Les exhorto a que cuenten cuantas veces al año escuchan a un político decir la palabra “niño” y cuenten cuantas veces dicen “partido” o “status”. Si todo dependiera de un partido o el “Status”, las estadísticas mencionadas al principio, no deberían existir.
Si sobreviven, los niños de hoy, heredarán el mundo que nosotros hemos aniquilado, cuyos mares son vertederos de donde huyen los delfines y las ballenas, que se suicidan lanzándose a las costas en protesta; cuyas selvas tropicales se convierten a diario en desiertos; donde la avaricia del hombre ha saqueado las entrañas de la Madre Tierra y convertido al genoma humanos en fábricas de lucro. Heredarán un planeta abatido, donde el agua potable y el aire puro, debido a su escasez, son mercadeados como cualquier otro producto.
¿Cómo explicar la herencia sucia, contaminada y hueca que les dejamos? Esta generación, que alcanzó la mayoría de edad en medio de una creciente oleada de movimientos de liberación, hoy es una de las más represivas y agresivas de la historia humana; envía a sus hijos a más calabozos por más tiempo que la generación precedente. Cierra las escuelas urbanas y rurales arruinadas por la propia indiferencia, y fomenta una educación irrelevante cuyo mensaje esencial es la desesperanza, en escuelas hacinadas. Cierra hospitales y crea fantasías distorsionadas de la salud que puedes alcanzar, pero que no puedes comprar.
Los conocimientos se han convertido en una mercancía más, al alcance de los pocos que tienen con qué comprarla. En naciones que han amasado más riquezas que todos los antiguos Imperios juntos, millones de niños asisten a escuelas tristes y marcadas por un solo adjetivo, son “mataderos de la mentes y la esperanza”.
Nuestros hijos están sedientos de amor. Usan calzado deportivo de doscientos dólares, videojuegos, computadoras. Algunos incluso tienen sus propios carros—reflejo de padres que trabajan ambos. Tienen todos los últimos juguetes, pero no reciben lo más importante, amor, atención, educación. Si los niños no son amados, ¿A quien podrán amar? Si reciben indiferencia ¿qué pueden hacer sino ignorar?…nuestros hijos seguirán siendo los náufragos del bosque materialista que se van perdiendo entre los árboles de nuestra indiferencia.
Peca de ignorante o malicioso quien culpa sólo a los gobiernos. Somos culpables con nuestro estilo de vida de clase media privilegiada, de crear con nuestra indiferencia, los arrabales donde todo va en contra de los hijos del pobre. Permanecemos mudos ante una política que amenaza el futuro de naciones enteras; apartamos la vista cuando reprimen, encarcelan, esclavizan y dejan morir de hambre a niños de otras razas y clases sociales. Mientras nos distanciemos de todo esto a sabiendas, no podremos invocar a Dios, si tenemos conciencia.
Si realmente pensáramos en los niños, comprenderíamos que son ellos las víctimas por las cuales debemos luchar, y nos movilizaríamos en su defensa. Volcaríamos al revés el presupuesto del país y lo aprobaríamos, de manera que su objetivo mayor fuera el gasto dedicado a los niños, y la menor la inversión, sería en lo fútil, habría menos corrupción moral, espiritual y menos huérfanos por la indiferencia. En lugar de nuevas cárceles, nuevas escuelas brotarían, y triunfarían los políticos cuyos programas fomentasen la educación en vez de empeñarse en idear castigos cada vez más rigurosos para reprimir el crimen o a su oponente.
Si nos importaran los niños, nuestras ciudades invertirían sus recursos en guarderías infantiles y en programas extraescolares que estén al alcance de los padres, en vez de establecer toques de queda y contratar más policías. Ya no hay compasión en esta cultura en la que la violencia—incluso la violencia contra los niños—ha llegado a ser cosa cotidiana, y lo que nos queda es la crueldad.
Tu pregunta debe ser, si el Creador sigue teniendo fe en esta humanidad, ¿quién soy yo para abandonarla? Lamentable es la situación del mundo, pero aun así, nuestra obligación es dar la bienvenida a los niños porque ellos son la única esperanza de la salvación de este planeta. Al fin y al cabo, es nuestra indiferencia la causa de tantas cosas que andan mal.
El mayor mal que sufre el mundo no es la guerra, ni el odio, sino la indiferencia. Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es, sencillamente, apreciar su existencia y prestarles atención.
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