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Lo más surrealista de la manifestación del Uno de Mayo Obrero en España ha sido verme en un determinado momento junto a la pancarta reivindicativa de la Guardia Civil, codo a codo con ellos, como si dijéramos. Y esto me produjo cierta inquietud, todo hay que decirlo, pues he de confesar que mis relaciones con la benemérita desde que visitaba a mi amigo “el del guardia”, en mis tiempos de infancia rural, no han sido lo que se dice ejemplo de cordialidad. Más que nada porque me hice antifranquista y ellos no, con lo cual tuvimos algunos encuentros desafortunados y algunos sustos que me hicieron pasar. Y eso sin recurrir a la memoria histórica, porque fueron los beneméritos los que cargaron en su camión al inocente cartero de mi abuelo (delante de su hija adolescente y en medio de la calle sin explicaciones) y transportado a una cárcel por cuatro años sólo por haber sido alcalde socialista de su pueblo durante la República. Se salvó de ser fusilado porque evitó que los descontrolados dieran el triste paseo a los caquices de allí. Y ahora al ver guardias de paisano, como los de la brigadilla política de entonces, reivindicando junto a los obreros, pues qué quieren que les diga, como que me produce sentimientos encontrados, y eso que estoy a favor de que tengan derechos sindicales, cómo no. Pero si dentro de un rato les mandan pegar a los huelguistas del sindicato de las pancartas vecinas que se manifiestan porque reivindican derechos democráticos como el del trabajo y contra el cierre de su empresa, pues van y les pegan. Porque lo malo de este asunto es que el derecho a estar sindicados democráticamente los guardias no incluye la objeción de conciencia cuando se les envía contra los que defienden democráticamente su derecho a trabajar y vivir, por ejemplo. Y eso convendrá usted conmigo en que es extraño y debería arreglarse en sus convenios con el Estado, pues muchas contradicciones como esta desorientan al personal, especialmente cuando el personal que pega y apresa es también hijo de obreros. (Los hijos de los ricos nunca son guardias civiles). Pero hay dos cosas que no se pueden negar a nadie, incluidos los guardias: pan y democracia. La libertad es tan sagrada como el derecho a comer, aunque ambos estén siendo tan poco valorados en este mundo.
La segunda parte de mi viaje de mayo a ninguna parte fue el darme cuenta con asombro de que no existía una sola pancarta de ningún sindicato que acusara al capitalismo globalizado del cambio climático que destruye cada día los ecosistemas biológicos y que apuntara alguna solución; a este capitalismo que con sus residuos envenena el agua que bebemos y el aire que respiramos. Ninguna alusión a oposición antinuclear, ninguna referencia contra guerras como las de Irak o Afganistán. Reconozco que tengo tendencias utópicas, pero eso no impide que sea necesario mucho de lo que movió Europa en Mayo del 68, como es verdad que existe la plusvalía, (o explotación de los trabajadores), o la urgente necesidad de democracias horizontales donde la clase política deje de pavonearse y cedan el protagonismo de la sociedad a sus protagonistas: los ciudadanos organizados.
Pero la falta de conciencia de los trabajadores sobre los temas que he mencionado, reconozco que me cuesta comprenderla. Ahora no hay excusa para ignorar lo que se nos viene encima a nivel mundial .Hay tanta información que no sé por qué cuesta tanto aceptar la realidad. Me refiero a la crisis del sistema capitalista que ha fracasado y naufragado en la historia y a punto de ahogarse se aferra a nosotros y cada vez nos ahoga más. Asuntos como la subida brutal de la alimentación básica por los especuladores y otros sinvergüenzas que está matando de hambre a la tercera parte de la humanidad, el abuso descarado de las hipotecas o a la progresiva destrucción de puestos de trabajo en los países industrializados para llevarse las máquinas en busca de mano de obra semiesclava en países en desarrollo son algunas otras muestras de las que no hay pancartas. (Es evidente, sin embargo, el miedo de los capitalistas a su propio futuro y por ello esconden sus caudales en Liechtenstein, Gibraltar, Las Caimanes y otras “cajas fuertes extraviadas” donde guardan sus plusvalías).
Podría referirme a otros temas pendientes como la apuesta por las nucleares que el sistema está a punto de poner sobre la mesa como alternativa al petróleo caro, a la mala calidad de la educación, o al protagonismo y poder en España de una Iglesia que niega a la democracia en su propia organización y quiere manejar la que tenemos con iracundos obispos.
Ninguno de los asuntos mencionados estaba presente en las pancartas obreras y megáfonos. Está bien que se reivindiquen mejores salarios o igualdad de derechos de hombres y mujeres y asuntos de injusticia laboral puntuales. Pero eso no es pedir nada, o pedir muy poco ya: hay que mirar más lejos, más alto y con más argumentos que pongan en aprietos al sistema y tenga que dar la cara, porque el capitalismo sólo cede cuando se encuentra desenmascarado y en aprietos. Y aún así le cuesta.
Existe en nuestro mundo una escasa conciencia social –victoria capitalista que nos convenció del individualismo competitivo- y aún menos conciencia moral. Pero sin ambas no se va a ninguna parte. La primera sin la segunda llevó al fracaso de las revoluciones, y esta es otra victoria de los enemigos de los pueblos. Así que las pancartas con exiguas demandas son pan comido para los dirigentes empresariales y los políticos. Después del puente, vuelta a lo mismo. ¿Es este el papel de los sindicatos?
Salí de la mani, en la que estuve sólo un rato, con la sensación de que hay tanto camino por recorrer que no creo que tengamos el tiempo necesario .Les digo lo que siento: creo que así no vamos a ninguna parte. O despertamos a la realidad, o la realidad nos despertará sin miramientos cuando menos lo esperemos.
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