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(DE "GENEALOGÍA DE LA INMORALIDAD")
Hoy día casi nadie habla de Dios. Parece este un asunto menor en nuestras vidas, y hasta resulta sospechoso de ignorante en los ambientes intelectuales del mundo de la cultura, el arte o la ciencia, que alguien afirme ser creyente. Hablar de Dios aparece en la vida social como un monopolio de clérigos, beat@s y otros “abducidos” por el Vaticano. Sin embargo, a menudo se le insulta, se le culpa de los males que sufrimos o de no intervenir en ellos a la vez que afirman no creer en Él.
Pero si Dios no es un tema apropiado para comunicarse en este mundo, ¿qué me dicen de su contrario? Para quien cree en el Ser Supremo, sabe verlo en todas partes: en la naturaleza, en el arte, en el universo, en cualquier persona y en sí mismo como parte Suya que somos. Sin embargo, el contrario a Dios no parece estar en ningún lado. Su habilidad para ocultarse –sin dejar de actuar a su favor- es tal que no parece existir. De las acciones humanas más degradantes se puede acusar a Dios, pero ¿quién se acuerda de insultar o culpar de sus males al demonio? Se ha hecho invisible a los ojos ignorantes con tanta habilidad que nadie repara en que este Planeta de injusticias, desamor, fratricidios y toda clase de divisiones y peleas, es, precisamente obra suya a través de su capacidad de seducir a nuestra naturaleza inferior, nuestro ego humano.
Históricamente esto abarca un largo proceso.
Analicemos brevemente este proceso partiendo del fenómeno de la Caída, donde los rebeldes a aceptar ser hijos de Dios decidieron independizarse, con diferentes grados de poder inicial.
En la medida de su grado de poder, cada uno de los rebeldes fue actuando sobre otros para conseguir de ellos algo que pudiera satisfacer sus crecientes deseos. Así se formaron las jerarquías satánicas, donde rigen los principios de “Ata, separa y domina”.Esas jerarquías no han desaparecido sino sólo en parte desde la Redención de Cristo, en que algunos dirigentes principales de la Caída Original, comprendieron y se arrepintieron. Los demás siguen activos, no precisan encarnarse, influencian a los humanos en aquellos aspectos donde flaquean espiritualmente y se alimentan de energía negativa desde nuestros pensamientos, deseos, palabras, sentimientos. Así nos convertimos en sus proveedores de energía.
No hay más que observar alrededor ( y tal vez en nuestro interior en muchos momentos ) para comprobar el grado en que el “ata, separa, domina”, está presente en todo tipo de instituciones de poder y también en nuestras conductas y en nuestro mundo de relaciones.
Y si del primer impulso negativo (envidia y celos hacia otros seres espirituales fieles a Dios) que condujo al pensamiento de la Caída, nació ya el primer deseo (ser como Dios, pero contra Dios o sin Su ayuda),este fue adquiriendo matices y formas diferentes ( a los que llamamos vicios o pecados en términos espirituales) multiplicándose en otros y en otros sucesivos, mutándose a lo largo del tiempo a modo de cáncer espiritual maligno. Se fue configurando así el gigantesco árbol de los deseos de la humanidad; nos fuimos alejando así de nuestro estado original puro donde vivíamos armonizados con Dios, felices, creativos, libres, amorosos, sin otro afán que servir al Señor y colaborar en su Obra Universal donde cada alma aporta sus propias cualidades al conjunto.
A medida que el árbol de los deseos del género humano fue tomando forma y tamaño alimentado por la energía divina (pues no es posible la existencia de nada sin Ella), cada alma resultó cargada de un modo personal y ensombrecida, envuelta por sutiles velos energéticos correspondientes a su carga de negatividad,( las llamadas envolturas del alma) presentes en el cuerpo sutil de cada uno, y donde se hallan los siete centros de conciencia o chakras, centros de recepción y distribución de la energía del cosmos en el ser humano, de cuya recepción depende nuestra salud. Esto se conoce muy bien en China en India y en Japón desde el principio de su cultura. De ahí que el yoga, la acupuntura, el tai-chi y las artes marciales hayan trabajado desde hace milenios con la energía, aplicándola de diversas maneras: para el desarrollo de la conciencia, para uso médico o para lalucha.
A lo largo del proceso degenerativo de la conciencia, la incorporación tardía del lenguaje hablado, y posteriormente, del gráfico, elementos comunicativos degradados de la sensación pura transmitida telepáticamente como modo de comunicación perfecta, hicieron posible el ocultamiento, la mentira y la manipulación de la verdad para las almas ahora cargadas, envueltas en cuerpos físicos densos, disminuidos en sus capacidades originales. Esta densificación de los cuerpos, fue la consecuencia de la progresiva ralentización vibratoria de la energía personal original, que acabó “solidificándose “ en materia celular, en cuerpos biológicos, viniendo a tener estas formas físicas humanas los que antes sólo éramos energía pura, con una forma etérica con el prototipo humano, pero expandida y luminosa. No es cierta la pretendida creación a partir del barro de la tierra que cuenta la manipulada Biblia, así como sería preciso matizar la propuesta evolucionista de Darwin que excluye a la conciencia espiritual humana como elemento conductor y determinante del proceso evolutivo biológico. En todo caso se da un cierto parentesco genético entre el hombre y los animales, no sólo con los primates, sino con otras especies como la mosca drosófila, o mosca del vinagre, de la que nos separan muy pocos genes, por poner dos ejemplos. Creo que la evolución del hombre y de los primates desde de un tronco común tiene que ser unida al papel rector de la conciencia, y al factor igualmente determinante del karma individual y colectivo que posibilitaría un mayor desarrollo espiritual en ciertas zonas orientales del Planeta antes que en otras, y un número mayor de individuos creativos, factores de progreso.
Por otro lado, los animales no tienen karma alguno, a diferencia de los hombres, por lo que sus genes no contienen información, como los humanos, sobre asuntos pendientes de otras vidas por los cuales tuvieran que encarnar. Cada especie sigue su propio ritmo evolutivo, pero mientras no existe ninguna evidencia científica de que los seres humanos seamos la culminación de un proceso evolutivo que partió de los simios, según algunos autores, sí es evidente la separación en el nivel de la conciencia y por tanto de su “programa evolutivo”. Ningún animal proviene de la Caída original. Todos son almas puras con capacidad de sentir emociones como las nuestras: dolor, alegría, sentimientos de pérdida, instintos... Aquí encuentra justificación plena el respeto a la vida animal como portadora de conciencia, o sea, de alma. Por supuesto, no tiene justificación moral alguna cazarlos, sacrificarlos como alimento, o utilizarlos como cobayas en laboratorios. El sufrimiento animal cae sobre nuestra propia especie como una lacra y como un karma, o deuda colectiva.
Una parte de la ciencia y la medicina modernas han aprendido, desde la observación de los comportamientos subatómicos, (véase el Principio de Indeterminación de Heisenberg) que el observador es parte de lo observado y que el instrumento con que medimos modifica lo que observa. ¿Cuál es entonces el supuesto rigor científico de los materialistas al encontrarse con la realidad que llaman objetiva? ¿Cuál es la frontera entre estos tres campos: lo que parece objetivo, lo real y lo subjetivo y personal del observador científico?
Ya que no existe un patrón humano de objetividad personal, es fácil pensar que esta se encuentra mediatizada por innumerables variables, como la capacidad de percepción, la sensibilidad, las ideas previas, los intereses por los que se investiga, y tantas otras cosas. Por tanto, el que investiga cuando se modifica a sí mismo, modifica la realidad que percibía, vivía y experimentaba como real anteriormente. Para el experimentador, lo más real ahora es esto otro, lo mismo que antes de variar las condiciones de su observación o su actitud personal, lo real era lo anterior. ¿ Qué permanece entre el antes y el después? Que la materia es energía condensada y que la mente, energía más sutil y poderosa, puede, por tanto, modificar la materia, incluyendo la materia celular orgánica, a través de los pensamientos y las emociones. De ahí las enfermedades llamadas psicosomáticas y también la posibilidad de sanar por medio de pensamientos armonizados con las leyes divinas y de la Naturaleza, pues esta última, en su infinidad de manifestaciones físicas, es una proyección de formas energéticas puras existentes en los mundos superiores, una proyección de la energía divina que alimenta a todo cuanto existe en todos los planos. Energía de la que disponemos a diario los humanos, que tenemos el libre albedrío para darle una u otra orientación. Así las cosas, ¿qué tiene de particular el hecho de que para manifestar nuestra corporeidad hayamos ido “encapsulándonos” poco a poco, a través de un proceso de millones de años? Finalmente nos manifestamos en cuerpos de materia física cada vez más densa cuanto mas alejados de la fuente primordial de energía, Dios.
Por tanto, la creación humana como se describe en la Biblia, que ahora esgrimen los sectores más reaccionarios de la ciencia, la religión e incluso de la política, como hacen los “paladines del dólar” carecen por completo de verdad y de sentido. Sólo sirve a fundamentalistas del poder político y religioso dogmático.
(Para una ampliación sobre la actuación de los contrarios a Dios en nuestras vidas,recomiendo la lectura del libro editado por http:www.Vida- Universal.org. titulado "El estado de los demonios, sus cómplices y sus víctimas", de obligada lectura para comprender bien la configuración de nuestro mundo moderno)
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