El rey de los monstruos en la versión cinematográfica resulta que tenía sentimientos más humanos que los del hombre que lo destruye.
¿Quién ha visto la crueldad en King Kong o en cualquier criatura del mundo animal? ¿Qué animal es capaz de torturar o de matar a otro? ¿Quién ha visto el odio o la envidia en cualquier especie animal? ¿Qué animal apresa a otro para divertirse con su dolor? King-Kong, tomado aquí como símbolo de nuestros hermanos de la naturaleza, los animales, resulta tener sentimientos más humanos que los del hombre, el hermano mayor que debería ser su cuidador y se convierte en su asesino. No sólo son las corridas de toros, que vienen a ser una anécdota espectacular, pero minoritaria con respecto a los infinitos modos de hacer sufrir, torturar o matar animales que esta nuestra especie supuestamente inteligente ha inventado. Se les caza en todos sus hábitats, se les asesina masivamente en mataderos a diario, se les tortura y mata en los laboratorios de las multinacionales farmacéuticas, se les maltrata y degrada en circos y otros espectáculos, se les arranca de su medio natural y se les confina en zoos o se les mata para tener trofeos y presumir. Un animal, bajo sus más diversa y hasta fiera apariencia, esconde sentimientos que el ser humano ha convertido en excepcionales, ha degradado o ha perdido, mostrando así lo alejada que está nuestra especie de la idea de pertenencia a la naturaleza y de aquella idea de que es un libro de la vida, una gran maestra a la deberíamos aprender a respetar y de la que deberíamos aprender a vivir. Pero nos hemos situado por encima de ella orgullosamente, empeñados en dominarla por métodos que nos abocan a un desastre seguro. No hay más que pensar en el cambio climático o en la destrucción del ozono, para darnos cuenta de lo lejos que hemos llegado en el desprecio a todas las formas de vida que consideramos inferiores porque las podemos dominar con engaños y violencia, sino que hemos llegado a un punto al que ninguna especie animal llega: a destruir supropio hábitat. ¿Qué hormiga, ese insignificante insecto, destruye su hormiguero, o qué abeja su panal? Este tipo de cosas sólo las hace nuestra inteligente especie.
Para que estas actitudes finalmente autodestructivas sean posibles tiene que existir un problema cultural de fondo, una no comprensión de la naturaleza y una ignorancia de sus reglas, pero también un sujeto poco evolucionado con un inconsciente desprecio a la vida, empezando por la propia. Porque ¿cuántas formas de autoagredirnos conocemos? ¿Qué clase de pensamientos y sentimientos nos conducen al alcoholismo, al tabaquismo y a tantos tipos de drogas y vicios que destruyen nuestra salud o nuestra personalidad? Los animales no se autodestruyen, no tienen vicios. Eso es humano, demasiado humano.
La cultura suele ser superficial, un barniz que cuando surgen verdaderas dificultades salta enseguida dejando al descubierto su poco calado en el alma humana. Lo vimos claramente en la guerra Yugoslava. Un país culto, europeo, civilizado… (¿Y qué me dicen del Imperio y sus secuaces?) …Y es que se nos educa en el maniqueísmo y en el rechazo a lo que se nos indica, y se nos pervierten los sentimientos, lo que luego cuesta mucho remontar a quien descubre este fiasco.
A causa del maniqueísmo, tenemos una cultura que pretende negar y pretende ignorar aquello que no conviene a los que dirigen nuestro mundo. Por eso engendra extremismos peligrosos, alienaciones colectivas, fanatismos y castraciones psicológicas varias. Y por superficial engendra frivolidad y extrañamiento del otro, lo cual suele confundirse con tolerancia. Pero la auténtica tolerancia nace del amor, -lo vimos en las actuaciones de King-Kong con su amada humana- lo mismo que la intolerancia nace del odio.
La auténtica cultura debería llevar a la auténtica tolerancia, pero esa cultura aún no existe a nivel de masas. Y no existe porque los administradores del conocimiento son sus enemigos y desde siempre apresan, amordazan y asesinan a quienes llevan las antorchas en la caverna platoniana que es este mundo.
El resultado es cultura adulterada y mutilada para las masas que sólo sirve para mantener a los administradores de la caverna mientras la verdadera cultura es seguida por minorías, y la gente vive en la ignorancia de quién es y del propósito de su vida, que son pilares imprescindibles para edificar cultura. Por eso cuesta tanto el verdadero progreso humano, lo que ha hecho posible desembocar en todas las formas de autoagresión, de violencia de uno contra otro y contra el mundo animal, hasta desembocar en el cambio climático y la autodestrucción que observamos.
En la medida que se extienda el conocimiento de lo verdadero, será posible también comprender la necesidad personal y social de la moral; entonces los prepotentes administradores de la cultura serán desenmascarados, y los hasta entonces ignorantes comenzarán a renegar de la miseria a la que han sido conducidos. Y con la perspectiva moral, muchos hombres ilustres serán considerados malvados y muchas calles y plazas dejarán de llevar sus nombres; muchas estatuas serán derribadas de sus pedestales, muchos famosos padres de las patrias serán descubiertos como asesinos y crueles, muchos libros de historia mirados con sorna y vergüenza. Por el contrario, todavía hoy los símbolos sociales, políticos, y culturales son símbolos del peor de los imperios: el de la ignorancia, la codiciay la violencia unidas, cuyo efecto es demoledor y acaba secando las arterias de los pueblos. A este expolio sangrante se le suele llamar “crisis” y hace siglos que los pueblos vivimos entrando en una no habiendo terminado de salir de la anterior. Para la inmensa mayoría esta es la situación habitual en la que se vive; para una inmensa minoría se trata de algo mucho más placentero: de una situación con la que se enriquece y de la que se vive. De modo que en esto también hemos llegado a una situación límite.
Incertidumbre generalizada, insania social -y para muchos también mental,- decrepitud de ideologías y desconfianza todavía muy alta ante lo que suene a alternativo, es lo que prevalece en las multitudes, atrapadas en una variante del síndrome de Estocolmo con respecto al Poder que les asfixia literalmente tras haber secuestrado su capacidad crïtica.
Vacío en fin y Reino de Trapisonda han querido compensarse desde los altos sillones de todo tipo de instituciones con todo tipo de espectáculos de masas y todo elcirco televisivo cotidiano acompañados de programas de supuestas ayudas sociales para crisis sin fondo que sólo socializan la miseria y el real desamparo social para millones de personas.¿ Cómo justificar la crueldad con que son tratadaslas 50 familias españolas quecada día son arrojadas literalmente a la calle por no poder pagar la hipoteca al haberse quedado sin trabajo?
Así que la gente se vuelve nihilista, escéptica, y los más débiles agachan la cabeza. Entre tanto, los políticos- esos secretarios de banqueros, iglesias y patronos- elaboran discurso tras discurso asegurando que vendrán tiempos mejores, y que el mal momento ya está pasando. Hablan del nuevo orden mundial, del Estado protector, de que “nosotros podemos” (¿Podemos qué?), y cosas así.
De lo que no cabe duda es que urgen cambios importantes cualitativamente distintos. Se precisa una nueva mirada de comprensión hacia la naturaleza, una actitud cómplice con la vida y la gente que nos rodea, una cultura que incorpore al vivir cotidiano el bagaje de conocimientos científicos a partir de la ciencia cuántica, con sus implicaciones filosóficas, psicológicas y espirituales. Si creemos a los que afirman –y yo lo creo firmemente- que lo que cimenta una cultura es el conocimiento que se posea del universo tanto físico como espiritual, nuestra época podría ser privilegiada merced a la física cuántica y a las informaciones del recuperado cristianismo originario que tiene en Alemania su foco principal. Entre ellos hay muchos puntos en común, lo mismo que existen profundas conexiones con algunas otras religiones y filosofías orientales y con el misticismo en todas sus versiones. Porque cuando la Ciencia nos habla del de la no discontinuidad de la materia y de que a partir de un cierto nivel de división de la materia medible nos hallamos sumergidos en un mundo de energía de la que puede afirmarse que todo lo penetra y de la que como energía-vida que somos formamos parte, estamos hablando de una totalidad cósmica que obliga a hacerse otras preguntas sobre el universo, como el de la inmortalidad de sus habitantes y nuestra relación con el más allá del mundo material visible, mientras se está poniendo patas arriba la ciencia de muchos siglos. Así que la ciencia no sólo está coincidiendo con el pensamiento místico cristiano originario, con los Vedas y con el budismo en muchos aspectos, sino con la psicología transpersonal, la cultura chamánica y semejantes y está exigiendo una nueva forma de mirar el mundo, una nueva cultura más allá de la cultura materialista y de las religiones oficiales trasnochadas; una nueva cultura en la que los sentimientos de solidaridad y amor tengan la lógica de la Naturaleza misma, la lógica del Cosmos. Esto obliga a replantearse la idea de dios que han defendido las iglesias, que no son más que una fábrica de dinero y ateísmo dirigidas por enemigos de Dios que exhiben una falsa imagen Suya como argumento para asentar su poder sobre los ignorantes.
Por tanto, y ahora acompañados por la Ciencia más avanzada, nos encaminamos hacia un mundo donde los sentimientos de hermandad, de unidad y de justicia ya no responderán sólo a planteamientos ideológicos, sino a los más básicos principios de conformación de la vida universal. Estos tienen una razón de ser científica y con ellos aprenderemos a conocer mejor y a respetarlos en nuestra vida, pues en definitiva son expresión de totalidad, de la Inteligencia Universal, y que cada uno le dé el nombre que quiera.
Dentro de algún tiempo, cuando la mayoría haya abandonado la caverna platoniana guiados por la luz de la verdad, el que piense como piensa hoy la mayoría, maltrate o coma animales, explote a sus semejantes o les produzca algún tipo de dolor, será considerado un salvaje.
Urge, sí, un nuevo Renacimiento hijo tanto de la razón como de la intuición y del sentido de lo trascendente que recoja la cosecha de las siembras de los mejores tantas veces asesinados. Partiendo de los avances ridículamente parcelados en todos los campos de la investigación, urge conseguir, y entre todos lo conseguiremos, una visión sintetizadora de la realidad más allá de escépticos, idealistas, dogmáticos y snobs, que acabe con todas las deformaciones culturales, explotación, guerras y genocidios y tantas otras enfermedades del alma humana y de la cultura del ego. Urge una nueva concepción del hombre como hombre espiritual y parte de la vida universal. Ya no puede esperar mucho tiempo una cultura y un arte de vivir positivos que reconcilie a cada uno consigo mismo, con las leyes del universo y con el otro como parte del proyecto para hacer del género humano algo vivo y capaz de hermosas creaciones individuales y colectivas desde el altruismo, la libertad, la tolerancia y el amor. Y todo esto es posible. Posible y deseable como nunca lo fue. Llevamos demasiado tiempo asediando a King-Kong. Tal vez es hora de empezar a imitarle.
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