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LA HIPNOSIS COLECTIVA TIENE REMEDIO

Por Patrocinio Navarro


De diversas maneras y por diversos conductos, el conjunto de la humanidad se halla sumida en una especie de estado hipnótico en el que los medios de comunicación, la educación escolar y la Iglesia forman una red de emisión perfectamente organizada y entretejida para llevarnos a pensar que sólo dejándonos llevar por esas instancias alcanzaremos un estadio superior de conocimientos, de educación o de altura espiritual. Pero todo eso son sólo engaños de prestidigitador, pues cuando depertamos de los sueños prefabricados que cada día nos inyectan (ahora,por ejemplo, toca el mundial, luego ya tocará otra cosa), vemos una realidad mucho menos grata a la que nos conducen todos los que pagan a los hipnotizadores para que nos manuipulen, nos duerman y nos hagan pasivos, sumisos y sonámbulos.Pero podemos abrir los ojos y elegir nuestro camino.


El viejo mundo aparece ante nosotros cada día como un enfermo en estado terminal consumido por la ambición, el egoísmo, la violencia y todos los demás síntomas de la falta de amor desinteresado. La Regla de Oro de la vida interna dice: “Lo que quieras que te hagan a ti, hazlo tú primero a otros, y lo que no quieres que te hagan, no lo hagas tú mismo”. De haber seguido la humanidad esta sencilla regla, este mundo sería lo más próximo al paraíso en la Tierra. Lejos de eso, se ha ido en el sentido contrario. No hay más que observar de inmediato el maltrato económico, físico, informativo o económicamente discriminatorio que reciben los agricultores, las mujeres, los niños, los verdaderos artistas, los místicos, los pacifistas y ecologistas - y junto a ellos, sus defensores - para comprender que esta civilización se basa en valores contrarios a la razón y al amor .Así hemos construido o apoyado un mundo basado en la desigualdad, el odio, la explotación de unos por otros, el expolio sin medida de las riquezas naturales, el exterminio de especies y formas de vida, de razas y pueblos enteros. El resultado de esa sinrazón lo tenemos a la vista. Para un observador extraterrestre una simple hormiga tiene un sentido más inteligente de la supervivencia, pues ¿cuál de ellas es capaz de arrasar su propia casa y atacar a la naturaleza que le da de comer?
El comportamiento humano es inferior al de cualquier animal, porque un animal tiene un sentido innato de la economía de la sostenibilidad. Cuando escasea la comida, o el medio es hostil, hay menos nacimientos. Y ninguno toma más de lo que debe para subsistir. Pero el ser humano actúa exactamente al revés: tomamos para vivir todo lo que podemos, aunque no lo precisemos, aunque sea arrebatándolo a otros y aun a sabiendas que ese exceso de bienes para uno significará en ocasiones la muerte o la miseria de otros.
De tal modo se han dormido las conciencias, que aun estando al borde del desastre ecológico, económico y energético, la mayoría todavía confía en el Sistema que le está arruinando la vida y en quienes lo organizan y dirigen. Fácilmente encuentra este absurdo sistema la complicidad de los más ,pues fácilmente responden en cuanto pueden comprando cuanto les propone: desde un coche a un boleto de lotería o un bono del Estado. El caso es desear tener buen status y que se vea.
Este comportamiento es suicida, pero la mayoría, hipnotizada por los diversos poderes, no cree que ese sea el diagnóstico.

El capitalismo se hunde por momentos, pero sigue creyendo que todo va a seguir igual aunque acabe con todos los recursos del Planeta. Las guerras no cesan, pero se hicieron familiares y además para la mayoría no hay ninguna relación entre guerra y empobrecimiento colectivo, como si el dinero de las guerras lo pagaran los marcianos. Y conviene recordar que la subida brutal de gastos militares en EEUU en los últimos años coincide con su pobreza creciente que intenta compensar con más guerras para evitar el paro en los numerosos sectores que tienen que ver con la industria de la muerte. Tampoco cesan las catástrofes naturales que se repiten más y más, ni la destrucción de la capa del ozono, la contaminación plural de la naturaleza, o la desaparición acelerada de especies, el deshielo polar con la subida del nivel de los mares, o la desertización progresiva, ni la crisis económica sin fronteras. Y esto por no hablar de las infinitas miserias de un tercio de la humanidad, del hambre que sufrirán el año próximo 100 millones de niños en todo el mundo y de las guerras que no van a cesar con todas sus secuelas de más desplazados, más hambrientos, más odio, y todo lo demás....Pero nada de esto basta para sacar a la mayoría del estado hipnótico en que vive. Por desgracia para el conjunto es precisamente esta mayoría la que mantiene al sistema que nos destruye a todos de paso.

Contra este estado de cosas no tenemos más remedio que buscar las causas profundas y dejar de mirar a los síntomas (que si la Bolsa sube o baja, que si el gobierno nacionaliza o no, etc.).Pretender corregir un cáncer con tantas metástasis es cosa tan imposible a estas alturas como coser un pensamiento a una nube. Y en este caso se pretende más o menos lo mismo: coser a una burbuja (casa, coche, bonos, nacionalizaciones, reflotamientos de bancos privados con dinero de todos...) el pensamiento, en fin, de que eso va a sanar a este sistema enfermo por haber olvidado la conciencia y oponerse a las leyes de la vida.
Si quiere sanar tiene que hacerlo de otro modo: dando la vuelta, caminando en sentido contrario, hacia la conciencia y hacia la justicia, empezando por la justicia retributiva. Si los cientos de miles de millones que cada gobierno da a los bancos, al ejército, o a las Iglesias, fueran a parar a los ciudadanos que los producimos, se acabaría para siempre el hambre, las guerras, las deudas y todas las calamidades consecuentes a la pobreza. Así aumentaría la demanda, y el único trabajo de los gobiernos consistiría en garantizar la justicia distributiva, el bien común, la convivencia pacífica, y prestigiar a todos aquellos que hoy están desprestigiados: profesores, artistas, mujeres, inmigrantes, pacifistas, místicos, antisistemas y otros sectores marginales, pues dinero no faltaría, ya que se seguiría produciendo riqueza, pero con otras bases: partiendo de la conciencia y la justicia.
Con la Regla de Oro de la conciencia por delante, pongamos amor a nuestro alrededor, practiquemos el altruismo; y si la envidia nos empuja a imitar y codiciar, valoremos nuestras buenas cualidades, valoremos lo bueno que tenemos y lo bueno de los demás – lo que no significa envidia ni conformismo- y practiquemos el agradecimiento, ese sentimiento del que tanto escasea nuestro mundo. Abandonemos la filosofía del consumismo que nos lleva al caos. Vivamos y defendamos la igualdad sobre la desigualdad; vivamos y defendamos la justicia donde veamos injusticia; pongamos orden en nuestros pensamientos, sentimientos, actividades, relaciones personales, de tal modo que lleguemos a un estado de armonía que nos permita avanzar hacia metas superiores que nos llevarán a respetarnos y a respetar todas las formas de vida sin excepción.
Esto es construir civilización y constituye una verdadera revolución, pues se trata de la revolución sin la cual es imposible cambio alguno: la revolución espiritual. La elección del ser sobre el tener es el paso de la civilización del malestar y la muerte a la del bienestar y la vida por el camino correcto...
Mientras esta no se haga, no habrá avance alguno, ningún remedio más allá de frágiles parches, y cada uno tendrá que cosechar lo que sembró, bueno o amargo, antes o después, pues toda causa tiene siempre su efecto.











Email del Autor: pnavarro4@gmail.com
Página web del Autor: http://vozalmundo.com


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