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I
LAS MÁSCARAS DEL HUMANISMO
Muchos son todavía quienes ven en el llamado Humanismo y sus manifestaciones filosóficas, sicológicas, políticas, religiosas y culturales una posible vía de evolución de la conciencia personal que pudiera llevar a alcanzar la cima de la evolución del hombre en la Tierra, cuyo límite superior es la llamada sociedad del conocimiento, el llamado Estado del Bienestar y un futuro de inmortalidad a base de clonaciones y piezas de repuesto biónicas o de algunos difuntos donantes.
El humanismo tiene sus raíces, como todos sabemos, en al Renacimiento italiano que a su vez enraizó con la filosofía grecorromana. Con la influencia de la religión católica, que vino casi a la par desde Constantino, el interés por situar al ser humano como centro del Universo manifestó dos aspectos: el social y cultural pagano y el religioso institucional. Ambos rostros pagano y católico, se fueron alternando, fundiendo (y de paso confundiendo a muchos) a lo largo de los siglos, derivando en corrientes artísticas, filosóficas, literarias, y en todo lo que se conoce a la postre como cultura occidental, presentándose siempre sus contenidos como elementos liberadores tanto por paganos como por vaticanistas (no menos paganos, pero con príncipes purpurados).
Pero mientras el humanismo pagano se dividió en una rama conservadora aliada del poder de los ricos y del clero, otra versión de humanismo se volcó a defender los llamados derechos humanos, derechos sociales, derechos de los ciudadanos, etc., que tuvo uno de sus momentos cumbre en la Revolución Francesa. Y aunque fueron surgiendo a lo largo del tiempo corrientes intermedias –como el llamado humanismo cristiano muy típico de la burguesía tradicionalista liberal, diversas corrientes revolucionarias (socialistas, anarquistas, comunistas, y sus diferentes “familias” marcaron a sangre y fuego otras tendencias cuyo objetivo era la toma del poder, el desalojo de los tronos y la persecución del pensamiento humanista, calificado de pequeñoburgués y reaccionario.
Lo esencial desde el punto de vista espiritual es que todas esas versiones de humanismo niegan u obvian la existencia de Dios, pues en la práctica unos y otros niegan Sus leyes y el carácter trascendente de la existencia humana. Sus intereses se limitan a la defensa de lo humano como fenómeno biológico, cultural, histórico y social, dando a la razón, a la ciencia y al intelecto el mismo valor que un místico concede a la intuición, a la sabiduría o a Dios. Por tanto, el humanismo revolucionario propone la construcción de un mundo donde la libertad, la igualdad y la fraternidad se consiguen a través de la lucha de clases y el control estatal de los pobres sobre los ricos.
Las consecuencias para nuestra época de las dos corrientes principales de humanismo, el que se ampara en las religiones para justificar la explotación y el que se ampara en el ateísmo y las soflamas socialistas para arrebatar a los explotadores el control de la sociedad, esas consecuencias son bien conocidas.
Comencemos por el llamado “humanismo cristiano”.Para ello nada mejor que hablar de cómo la Iglesia entiende lo social. Para empezar, proclama como sagrada la propiedad privada, de lo contrario, las suyas, muy numerosas, podrían correr peligro. De hecho, los ricos no respetan la propiedad privada, de ahí que unos siempre intenten arruinar a otros, pero a la Iglesia se le concede un status especial porque tiene que estar ahí para servir de tapadera moral a todos ellos. Por eso es intocable.
Admitir la propiedad privada sin límites como hace la Iglesia, supone, en un mundo de recursos limitados como es el nuestro, admitir la pobreza como una consecuencia lógica, y admitir que la pobreza ilimitada constituye un hecho tan natural como la propiedad privada ilimitada.
Los diversos intentos de ciertos clérigos de diferentes rangos como los llamados teólogos de la liberación en América del Sur, con su humanismo católico decantado fuertemente hacia una iglesia de los pobres en oposición a la jerarquizada iglesia de los ricos del Vaticano no han conseguido evitar ni de lejos que Roma acepte esa línea, sino al contrario. Sin embargo esa es la única opción decente que la Iglesia puede tomar en el terreno social. El Vaticano ejerce sin miramientos su principio de autoridad contra sus ramas más sociales, o, si se quiere, más en consonancia con su olvidado y siempre reprimido cristianismo, constriñendo los esfuerzos de sus avanzadillas jesuitas hasta el punto de hacer casi imposible su labor social. Con esto ha queda bien claro una vez más que no existe nada más lejos del catolicismo que la piedad, la compasión o el amor. Exactamente igual actúan los representantes del poder materialista: sin compasión, sin piedad, sin amor. Cuando el tener se impone al ser desaparece no ya toda filosofía humanista (que se descubre entonces como un disfraz) sino que el tener sin la ayuda de la conciencia borra del mapa a la propia humanidad, como estamos viendo con las guerras de Irak y todas las demás.
Los movimientos sociales humanistas residuales y mixtos privados del sentido espiritual de la vida y de las leyes que rigen al alma, terminan por formar parte de los grupos de defensa de los llamados derechos humanos. Esta filosofía misma se encuentra amparada a menudo bajo el paraguas católico conservador para aparentar solvencia moral. Alimenta la base de muchas ONG religiosas bienintencionadas y constituye la plataforma de justificación de los partidos de la burguesía tradicional. Su ambigüedad le permite tener cobertura moral eclesiástica y por otro lado La visión más extremista del humanismo, sin embargo, fue el llamado humanismo comunista, contrario en teoría al principio de desigualdad. Se habló de un humanismo marxista (Sartre), de un socialismo humanista cristiano (Roger Garaudy), del humanismo revolucionario del Ché Guevara (un hombre nuevo y socialista tras una revolución armada), o del socialismo pacífico de “rostro humano” de Salvador Allende.
No pudieron destruir al enemigo capitalista, como no lo consiguió la Larga Marcha de Mao y sus sucesores. La razón fundamental es que no supieron, no pudieron, o no quisieron, colaborar a la evolución de la conciencia espiritual de los pueblos bajo su influencia. Los que triunfaron acabaron por sentarse en el mismo sillón de los antiguos opresores, y los pueblos siguieron tan faltos de libertad como antes o aún peor y con tantas necesidades materiales como antaño, excepto para los seguidores del nuevo poder…
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