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Confieso que me he emocionado leyendo en una revista el escrito de un grupo de amigas jóvenes que acude a los hospitales para alegrar la existencia de niños internos que sufren a veces de un modo horrible. Su lección de altruismo, tan poco valorado en los medios de comunicación, de ser conocida, podría estimular a otros para actuar de un modo desinteresado. ¿Cuántas más hazañas de este tipo que no nos cuentan los telediarios porque solo interesa promocionar lo negativo y destructivo?
El altruismo, por aquello de la doble moral, es considerado una actitud honorable sobre el papel, pero deplorable social y económicamente, como es sabido, y a aquellos que practican esta virtud se les excusa su falta de realismo si son demasiado jóvenes, pero si ya no lo son tanto, se convierten en sospechosos de ocultas intenciones, como también es bien sabido. De esto sí se hacen eco los medios.
¿En qué lado estamos cada uno de nosotros? No tenemos más que mirarnos en el espejo y preguntarnos qué es lo que hacemos desinteresadamente por el Otro; preguntarnos si lo que hacemos por otras personas con un aparente desinterés inmediato no encierra una actitud oculta de esperar ser recompensado más tarde por esa misma persona. Ese dar para tener no es más que astucia egoísta. Y como tal argucia acaba por no dar resultado, pues no es legítima esa manera de proceder con la energía, de los desengaños surgen enfados, discusiones, conflictos de intereses. Los amigos rompen relaciones, las parejas discuten, los compañeros de trabajo dejan de ayudarse, y todos se echan en cara llegado el momento la falta de proporcionalidad entre lo que reciben del otro y lo que aquel recibió de uno.
Como el altruismo no es lo más común, y esta es una antiquísima historia, se inventaron los códigos de leyes. Se pretende regular milimétricamente, aquilatar al máximo los derechos y deberes, el dar y el tener de cada uno con sus semejantes, y, por supuesto, con el legislador en cuestión: el Estado y los imprescindibles letrados.
Pensar que un grupo humano cualquiera, desde un grupo familiar, una empresa, una nación, o una agrupación multinacional es capaz de organizarse de tal modo que cualquiera de sus miembros actúe pensando en favorecer al conjunto es pensar en una sociedad que ha sido capaz de avanzar individualmente lo suficiente como para transformar positivamente el mundo. Una sociedad así no precisa de elemento represivo alguno, no precisa de tribunales ni de ejércitos. Y es sencillo concluir que no es posible que tal cosa suceda sin el necesario altruismo. Por tanto en esta actitud se halla la clave de la evolución de la especie humana. Ahora bien, ¿cual es el motor que impulsa al actuar desinteresadamente, el estar a favor del Otro? Sin duda que el amor.
De aquí podemos extraer algunas conclusiones: donde no existe el amor existe el conflicto irreducible y con él, el Derecho, las leyes, los tribunales, la policía los jueces, y, a gran escala, las guerras. El conflicto por falta de amor afianza al ego y conduce a perpetuar la sociedad en que vivimos, la sociedad del egocentrismo. Cuando más avanza este hay más cámaras ocultas, controles remotos, más policías, más cárceles, nuevas leyes más restrictivas de los derechos personales. Y aún así, no es nunca suficiente: a menudo la gente se odia en todas partes, se maltrata, se mata, se distancia emocionalmente, se oculta ante el Otro, se desentiende de sus problemas y de los demás, y ningún tribunal, ninguna ley ni juez ni policía podrá evitarlo jamás. Nunca habrá cárceles suficientes para encerrar al ego, ni siquiera aunque se construya una celda para cada habitante de este planeta. Y esto es lo que tenemos que elegir: evolución o egocentrismo. O sea. Amor o autodestrucción. Fíjense qué lejos queda la política para resolver nuestro futuro.
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