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Algunas tribus africanas definen el mundo viviente como "todas mis relaciones". Ciertamente, los seres humanos tenemos mucho en común con todas las formas de vida, incluso con las rocas, los ríos y cualquier paisaje. Compartimos ancestros, patrones químicos (agua, sal, ADN), la atmósfera y la Tierra, hogar de todos. Y sobre todo compartimos esa energía dinámica indefinible llamada "vida". De alguna manera, el mundo, otros seres vivos y otras realidades "resuenan" en cada ser humano.
Existe un núcleo común que conecta a todas las formas de vida de nuestro planeta, e incluso a otras fuerzas y energías fuera de él. Hay veces en que este núcleo común está enterrado y otras está mucho más vívido en nuestra conciencia. Mientras más en contacto estamos con estas conexiones, nuevas formas de inteligencia y sensibilidad despertarán en nosotros. Participamos de diversos "reinos de conexión":
Grupo: sentimos una especial conexión con las personas con quienes tenemos vínculos significativos, o con quienes compartimos características o vivencias. Familiares, amigos, compatriotas, cristianos, seguidores de un equipo deportivo, adolescentes, inmigrantes de un mismo país, etc... Aunque no formemos una comunidad o estemos juntos, hay una energía que resuena entre quienes comparten una misma realidad.
Humanidad: en lo profundo, nos sentimos conectados con todas las otras personas, por el simple hecho de ser humanos.
Animales: sentimos una especial conexión con los animales, particularmente con otros mamíferos como los perros, gatos, caballos, delfines y monos. Sentimos empatía por su inteligencia, sus hábitos, sus habilidades de comunicación y las formas de amor y cuidado de la especie.
Otras formas de vida: también experimentamos sentimientos de cercanía con plantas y otras formas de vida, ya que nosotros también somos criaturas vivas.
La Tierra: muchos de nosotros nos sentimos "en casa" ante los amaneceres, las montañas, los océanos, y la contemplación de la luna y las estrellas. Somos parte de la Tierra, y nos sentimos familiarmente relacionados con todo en ella.
El Universo: algunas personas incluso se identifican con todo el universo, diciendo que los humanos somos "polvo de estrellas".
Espíritus: muchas personas experimentan conexiones espirituales con todos los niveles presentados.
Estos parentescos biológicos, humanos y espirituales que están en lo más profundo de nuestro ser, nutren valores básicos como la compasión, el respeto, la integridad, la empatía y el amor. En algún lugar dentro nuestro, muy profundo, nuestro sentido de la bondad, nuestra conexión espiritual y una natural conciencia por toda la naturaleza, se mezclan todos en un sentido de comportamiento correcto, saludable e integrador.
Nuestro "núcleo común", nuestros patrones compartidos, pueden si les prestamos atención encaminarnos hacia acciones y soluciones más inteligentes.
Una de las más efectivas maneras en las que cualquiera de nosotros puede aumentar la "resonancia" del mundo es compartiendo. Todas las formas del compartir apoyan el proceso de resonancia: compartir ideas e historias; posesiones; intereses y miedos; comidas; actividades y conversaciones; canciones y bailes; nuestro pasado, presente y futuro.
Compartir crea y fortalece las relaciones y expande nuestra habilidad de percibir lo que tenemos en común con otros. Podemos nutrir la inteligencia resonante compartiendo, apreciando lo que ya compartimos y creando culturas, instituciones y prácticas que incrementen y promuevan el compartir.
Es importante no sólo compartir lo que tenemos en común, sino también nuestras diferencias. Paradójicamente, cuando creamos un espacio seguro donde poder compartir nuestra plena diversidad todo aquello que nos hace únicos e individuales somos capaces de experimentar nuestra humanidad compartida en un nivel mucho más profundo.
Podemos expresar nuestra individualidad, siempre que conservemos un espíritu de inclusividad y conexión con todo lo demás. Cuando lo hagamos, encontraremos que el mundo se inspira en nuestras acciones, y comienza un efecto de resonancia multiplicador que dará lugar a grandes cosas.
Algunas tribus africanas definen el mundo viviente como "todas mis relaciones". Ciertamente, los seres humanos tenemos mucho en común con todas las formas de vida, incluso con las rocas, los ríos y cualquier paisaje. Compartimos ancestros, patrones químicos (agua, sal, ADN), la atmósfera y la Tierra, hogar de todos. Y sobre todo compartimos esa energía dinámica indefinible llamada "vida". De alguna manera, el mundo, otros seres vivos y otras realidades "resuenan" en cada ser humano.
Existe un núcleo común que conecta a todas las formas de vida de nuestro planeta, e incluso a otras fuerzas y energías fuera de él. Hay veces en que este núcleo común está enterrado y otras está mucho más vívido en nuestra conciencia. Mientras más en contacto estamos con estas conexiones, nuevas formas de inteligencia y sensibilidad despertarán en nosotros. Participamos de diversos "reinos de conexión":
Grupo: sentimos una especial conexión con las personas con quienes tenemos vínculos significativos, o con quienes compartimos características o vivencias. Familiares, amigos, compatriotas, cristianos, seguidores de un equipo deportivo, adolescentes, inmigrantes de un mismo país, etc... Aunque no formemos una comunidad o estemos juntos, hay una energía que resuena entre quienes comparten una misma realidad.
Humanidad: en lo profundo, nos sentimos conectados con todas las otras personas, por el simple hecho de ser humanos.
Animales: sentimos una especial conexión con los animales, particularmente con otros mamíferos como los perros, gatos, caballos, delfines y monos. Sentimos empatía por su inteligencia, sus hábitos, sus habilidades de comunicación y las formas de amor y cuidado de la especie.
Otras formas de vida: también experimentamos sentimientos de cercanía con plantas y otras formas de vida, ya que nosotros también somos criaturas vivas.
La Tierra: muchos de nosotros nos sentimos "en casa" ante los amaneceres, las montañas, los océanos, y la contemplación de la luna y las estrellas. Somos parte de la Tierra, y nos sentimos familiarmente relacionados con todo en ella.
El Universo: algunas personas incluso se identifican con todo el universo, diciendo que los humanos somos "polvo de estrellas".
Espíritus: muchas personas experimentan conexiones espirituales con todos los niveles presentados.
Estos parentescos biológicos, humanos y espirituales que están en lo más profundo de nuestro ser, nutren valores básicos como la compasión, el respeto, la integridad, la empatía y el amor. En algún lugar dentro nuestro, muy profundo, nuestro sentido de la bondad, nuestra conexión espiritual y una natural conciencia por toda la naturaleza, se mezclan todos en un sentido de comportamiento correcto, saludable e integrador.
Nuestro "núcleo común", nuestros patrones compartidos, pueden si les prestamos atención encaminarnos hacia acciones y soluciones más inteligentes.
Una de las más efectivas maneras en las que cualquiera de nosotros puede aumentar la "resonancia" del mundo es compartiendo. Todas las formas del compartir apoyan el proceso de resonancia: compartir ideas e historias; posesiones; intereses y miedos; comidas; actividades y conversaciones; canciones y bailes; nuestro pasado, presente y futuro.
Compartir crea y fortalece las relaciones y expande nuestra habilidad de percibir lo que tenemos en común con otros. Podemos nutrir la inteligencia resonante compartiendo, apreciando lo que ya compartimos y creando culturas, instituciones y prácticas que incrementen y promuevan el compartir.
Es importante no sólo compartir lo que tenemos en común, sino también nuestras diferencias. Paradójicamente, cuando creamos un espacio seguro donde poder compartir nuestra plena diversidad todo aquello que nos hace únicos e individuales somos capaces de experimentar nuestra humanidad compartida en un nivel mucho más profundo.
Podemos expresar nuestra individualidad, siempre que conservemos un espíritu de inclusividad y conexión con todo lo demás. Cuando lo hagamos, encontraremos que el mundo se inspira en nuestras acciones, y comienza un efecto de resonancia multiplicador que dará lugar a grandes cosas.
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