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Las lámparas que iluminan el palacio de los antiguos zares, que deben ser las mismas con algunos retoques, la inacabable alfombra roja por donde el nuevo presidente del gobierno camina emocionalmente desbordado por la puesta en escena , la multitud de gentes a uno y otro lado con expresión reverencial, el patriarca ortodoxo junto al omnipresente jefe del Kremlin esperando al final de la alfombra, los cañonazos disparando salvas y el volteo de las campanas en el exterior…Un decorado perfecto para un nuevo Zar, a no ser que alguien ignorara que ya tenían uno, y que el que camina por la alfombra con cierto desaliño no es más que su secretario, aunque parezca que le sucede. Qué cosas estas las de palacio. Si la monarquía volviera a Rusia no podría mejorar esta puesta en escena. Pero ya no es necesario que vuelva: el rey ha muerto, viva el rey.
Estos juegos mediáticos son muy espectaculares y hasta los papas no pueden evitar la tentación de utilizarlos en sus viajes y no digamos cuando se muere uno de ellos y hay que nombrar a otro. Pero si toda esta feria de las vanidades resulta llamativa, fíjense en los rostros de sus protagonistas, en sus miradas, en sus bocas, en su rigidez gestual que pretende ser solemne. Escuchando ese lenguaje corporal se descubre enseguida que el otro, el de la puesta en escena, no puede ser más falso. Y eso sin estar al día de las cosas que hacen contrarias a todo eso que pretenden representar.
¿Puede representar a Dios un Papa cuando el Vaticano es un Estado armado y con las arcas rebosantes en un mundo empobrecido por días, cuando la Iglesia nunca se declara ecologista o pacifista y considera utópicas las enseñanzas del Sermón de la Montaña? ¿Cómo es posible tal cinismo? Pero cambiemos de escaparate, aunque en este queda mucho por ver todavía.
¿Puede parecernos Rusia un estado democrático? Y quien dice Rusia, vayamos a otros poderosos emblemas del poder mundial. ¿Acaso nos pueden engañar aun los Estados Unidos?... ¿Qué me dicen de China? Y más vale que no repasemos las democracias de los países africanos o las del continente sudamericano .Y si no queremos empezar a escribir un réquiem por el planeta ni se nos ocurra asomarnos a los países donde no existen ni como propósito.
Pero el caso es que a los que pensamos así muchos nos consideran pesimistas. Y mientras nos critican contemplan sin asociar nada a nada cómo se derrumba la economía mundial desde el tsunami destapado en USA a partir de la guerra de Irak; ven cómo medio mundo, menos aún que el mundo total de los pobres (que es la mitad más uno) empieza a rebelarse porque las gentes se mueren de hambre literalmente mientras los escaparates de las alfombras rojas suben de precio al mismo ritmo que el pan y se hacen igualmente inalcanzables para los pobres. Y eso que llevan votando en el mejor de los casos a sus representantes para que les permitan tener acceso a esa alfombra, aunque sea para andar unos pasitos. Pero ni eso.
Los últimos planteamientos de la Unión Europea sobre inmigración resultan inadmisibles y vergonzosos, sobre todo cuando se recuerda que la idea de democracia nació en nuestro continente. ¿Dónde están los Derechos Humanos de los inmigrantes y sus hijos? ¿Dónde está el espíritu de tolerancia, acogimiento y humanitarismo que Europa exhibe en los escaparates del mundo? Miremos a los ojos de los dirigentes políticos, a los ministros de todos los países, a los cardenales y obispos, al Papa. Son inexpresivos.¿Qué están dispuestos a hacer por ellos? Quitárselos de encima en la misma proporción que les indique la crisis económica.
Ya verán cómo paso a paso se va derrumbando este castillo de naipes a medida que el Planeta siga rebelándose ,produciendo catástrofes y reduciendo su capacidad productiva, los recursos energéticos escaseen o sean inalcanzables los alimentos, caros y poco efectivos los medicamentos, bajos los salarios, poco duraderos los empleos y más difíciles de conseguir, las empresas sigan huyendo sin cortapisas a países de mano de obra barata y los intermediarios sigan robando el trabajo ajeno igual que los banqueros, los empresarios y todos los que quieren ir subidos en el carro de las flores.
¿Alguien cree de verdad que los políticos van a solucionar estos problemas? Porque hay gentes que todavía espera de ellos no esto, que dan por supuesto que lo harán bien, sino cosas aún más espectaculares, como libertad, justicia social, derechos humanos, y todos esos grandes asuntos que ni los propios políticos se creyeron nunca igual que los papas nunca creyeron en el Sermón de la Montaña.
Pero mientras haya los suficientes espectadores crédulos, la fabricación de alfombras rojas no decaerá –tampoco la de armamento- y las campanas seguirán tañendo en un tercio del mundo anunciando grandes solemnidades palaciegas, mientras en los dos tercios restantes penosos aconteceres.
¿De cuánto tiempo disponemos para despertar del sueño del materialismo, que nos propuso aceptar los derechos humanos antes que los divinos y ni aún aquellos se cumplieron? ¿Cuánto hará falta aún para que cada uno de nosotros asuma su responsabilidad ante los demás como hermanos, ante la Tierra como madre o ante Dios como Sus hijos que somos? De estas respuestas puede fácilmente depender el resto de nuestra historia personal y colectiva.
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