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El Origen del Hombre segun Charles Darwin

Por Ivan Guevara Vasquez
I. INTRODUCCION
Desde que Charles Darwin publicó su obra “El Origen de las Especies” (“On the Origin of Species by Jeans of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life”) en el año 1859, desatando una inevitable polémica a su paso en el debate con el creacionismo, en ese entonces imperante, anticipó en cierta medida el advenimiento de una obra casi inexorablemente posterior, como lo fue efectivamente su libro “El Origen del Hombre”, publicado en el año de 1871.

La selección natural trazada, en líneas generales, en su “Origen de las Especies”, sirvió precisamente como basamento necesario y suficiente para “El Origen del Hombre”. Una vez estudiada y revelada la generalidad o el género de las especies en general, solamente quedaba ubicar la especificidad o lo específico de la especie, concretamente de la especie humana. En ese sentido, es que el naturalista británico más reconocido postula la tesis de que los seres humanos descienden de una organización inferior, lógicamente ubicada en el ámbito del reino animal.

El estudio realizado por Darwin aborda, desde un ángulo sumamente realista, la explicación de la génesis humana, yendo su obra por una ruta distinta a la establecida por las explicaciones religiosas y metafísicas, yendo, en una forma descarnada, más allá del mito.

En una perspectiva científica de la ciencia occidental, hipotética y deductiva, la obra darviniana sobre el origen de la especie humana vendría a ser, sin embargo, una aproximación a la verdad histórica al respecto, aunque la verdad que se descubra sea lo más amarga posible para el orgullo humano.

En tal derrotero del descubrimiento natural la ligazón terrenal del hombre se torna más que evidente, faltando solamente para la posteridad el establecer específicamente las cadenas de su predecesión terrestre, en medio del reconocimiento, expreso y/o tácito, de nuestra estrecha relación con la “Madre Naturaleza”.

II. SOBRE EL DESARROLLO DE LAS FACULTADES INTELECTUALES Y MORALES EN LOS TIEMPOS PRIMITIVOS Y CIVILIZADOS:

Darwin empieza reconociendo el aporte de Wallace en el estudio de la génesis humana, estableciendo una serie de hallazgos sobre un primitivo comunismo entre los hombres, en medio de una cierta “división de trabajo” y de una gran capacidad de adaptar sus costumbres (1), respecto a las nuevas condiciones de vida en las que se encuentra en cada etapa del tiempo y del espacio históricos, con lo cual no es el hombre el que establece las costumbres, ya sean antiguas o nuevas, sino la generalidad de la vida expresada en los hechos de la naturaleza. Un fatalismo de los factores de la creación de las costumbres se deja traslucir en Darwin, aunque luego, más adelante, afirma que nadie puede poner en tela de juicio la importancia de las facultades mentales del hombre, pues gracias a las mismas el ser humano ha predominado finalmente sobre el mundo, al menos hasta la época contemporánea.

Darwin liga las facultades intelectuales con el desarrollo de las artes, que al decir del mismo fue el principal instrumento de triunfo de las “naciones civilizadas” sobre las “bárbaras”. Asimismo, cada nuevo arte ampliaría el horizonte de las facultades mentales del hombre en sociedad, las cuales, en progresión cualitativa, adquieren el rasgo de adquiridas para la sociedad humana. El ejemplo de los reproductores de los criadores de animales es utilizado por el naturalista con un carácter de pretendida objetividad, para fundamentar unas facultades mentales adquiridas. Y aquí el mito de Dédalo y su hijo Icaro acude para dejar en claro diferencias notables de transmisión genética entre el reino animal y el reino humano.

Las facultades intelectuales lograron el predominio del hombre sobre el mundo y el resto de criaturas que habitaron y habitan sobre la faz de la tierra, como un factor distintivo y diferenciador de la especie humana, en un proceso que, aunque Darwin no lo explicita de modo contundente y claro, no puede dejar de apreciarse y detectarse en cada aspecto de lo que llamamos vida.

Dentro de ese proceso, no se puede ignorar la importancia de la naturaleza y de lo alimentario, en cuanto cantidad de alimentos disponibles en determinada época y territorio. Sin tal realidad alimentaria, no hubiera sido posible la misma subsistencia de los antecesores del hombre en las cadenas sucesivas que lo llevaron a su nacimiento en el ecosistema de la existencia. Los primeros hombres, que para Darwin son los progenitores simios humanos, no pudieron evitar tal realidad. Como el alimento en los albores del nacimiento del hombre es escaso, las cualidades sociales observadas en los animales inferiores se trasladan al ser humano, en el hecho de su carácter gregario. Habida cuenta es mucho más fácil conseguir alimentos en grupo que en solitario. Sin embargo, la unión conquistada para el logro del alimento no es suficiente llegado el momento de un peldaño de evolución más. En ese sentido, el sostenimiento de la unión en todo orden de cosas es necesario para hablar de lo civilizado, considerando el hecho que unidad y civilización se encuentran directamente relacionadas, pues, después de todo, como el mismo Darwin lo indica, “la fuente de todo progreso es la unión”. La gran Unión norteamericana es un ejemplo emblemático de ello, a nivel de países contemporáneos.

Por otra parte, la alabanza y la censura cuentan en la conformación de las “virtudes sociales”: La conciencia ya humana tiene sensibilidad hacia la alabanza o vituperio de los demás integrantes de la tribu. El proceso de socialización y de adaptación tienen aquí antecedentes importantes de configuraciones sociológicas posteriores y de necesario comentario y consideración. El grupo humano primitivo de ese modo fue reuniendo dentro de sí características vitales de estructuración, al punto que no hay en la actualidad ser humano concebible si no es dentro de una sociedad humana determinada. En esa medida se puede entender cómo lo que ahora es denominado “legitimidad” antiguamente obedecía a parámetros de aprobación grupal.

A su vez Darwin destaca en su tesis de evolución, dentro de la génesis y desarrollo del progreso, al importancia del clima, específicamente del clima fresco. Mencionando, como ejemplo emblemático de atraso, el caso de los esquimales y su peculiar cultura y geografía, liga el fenómeno del atraso de los pueblos a un factor climático, que, en el ejemplo de la cultura esquimal, se explica tal realidad dentro de los pueblos atrasados por un clima difícil y no apto o no favorable para el progreso. Después de todo los iglús parecen sintetizar tal fatalismo climático que liga el atraso a un mal clima.

La selección natural en las naciones civilizadas es distinta a la de los pueblos salvajes, pues, en el supuesto de la existencia de seres débiles o enfermos, en las naciones civilizadas prima la compasión, fruto de un desarrollo y evolución de las ideologías religiosas, mientras en los pueblos salvajes reina la eugenesia, como mecanismo de eliminación y “limpieza” de los seres no fuertes, enfermos o no aptos para la lucha por la existencia. Digamos que el qué hacer frente al problema de los seres desvalidos o inválidos se resuelve de manera fulminante y rápida en pueblos primitivos o salvajes, utilizando la muerte provocada (léase homicidio y asesinato) como mecanismo eugenésico, y por pueblos salvajes no solamente hay que entender aquellas de muy incipiente cultura, sino también como aquellos que en la antigüedad si bien alcanzaron cierto desarrollo cultural, como la ciudad Estado griega de Esparta, aplicaron soluciones salvajes y violentas al problema de la existencia de seres desvalidos, inválidos, o enfermos, en lo físico y/o en lo psíquico.

Pese a ello, en el desarrollo de la humanidad, habría una tendencia o dirección que va desde la configuración de naciones bárbaras hasta el desarrollo de naciones civilizadas, considerando, eso sí, la relatividad de los contenidos formales de la cultura, por los cuales lo civilizado de ahora podría ser visto como lo bárbaro o lo salvaje en un mañana, en progresión infinita, muy relacionada con el hecho del progreso del hombre, el cual iría desde una condición inferior a su grado más alto y elevado, al decir del mismo Darwin: “Más verdadero y consolador es creer que el progreso ha sido mucho más general que el retroceso, y que es cierto que el hombre, a pasos lentos y a veces interrumpidos, se ha ido elevando desde la condición inferior en que nacía hasta el grado más alto que hasta ahora ha alcanzado en sabiduría, moral y religión” (2).


III. SOBRE LAS AFINIDADES Y GENEALOGÍA DEL HOMBRE:
En un intento de comprensión del origen de la humanidad, Darwin se topa con una especie de necesidad de fundamentación de un árbol genealógico para el hombre. Confrontando al creacionismo que concibe al ser humano separado, por origen, del reino animal y más ligado a una divinidad religiosa determinada, el gran naturalista británico, tras la publicación de “El Origen de las Especies” en el año de 1859, aproxima las especies a partir del descubrimiento de ciertas afinidades mutuas en los seres orgánicos; esto es, en cuanto morfología, embriología y la presencia de órganos rudimentarios, siendo las evidencias centrales que manifiestan la existencia de un proceso de evolución, la observación directa de la naturaleza, el examen o el registro de los fósiles, la biogeografía y el estudio de las homologías.

En el descubrimiento de ese contexto la humanidad no puede escapar del proceso evolutivo, pues en ella se detectan importantes similitudes que la emparentan con determinadas especies del reino animal, por lo que Darwin llega a una conclusión importante: El hombre desciende de una forma inferior. Literalmente, se puede apreciar en el autor la aserción: “ … el hombre desciende de una forma inferior por más que hasta ahora no hayan sido descubiertos los eslabones de la cadena por donde las formas inferiores han subido a su actual posición ” (3) .

En tal expresión darviniana podemos encontrar la primera noción y aceptación de la existencia del ESLABON PERDIDO, el cual fue motivo de numerosos intentos de descubrimiento por parte de los antropólogos posteriores a la época de Darwin, algunos de los cuales, los más radicales darvinianos, no cejaron en su empeño por lograr tal descubrimiento, pues ello implicaba que la tesis sobre la evolución de Darwin era correcta y válida en todos los sentidos.

Examinemos la tesis de Darwin sobre el llamado eslabón perdido, desde sus propias canteras doctrinarias. En primer lugar, sobre el hecho de que el organismo conserva el tipo general de conformación del antecesor. En este apartado Darwin realiza una aserción sobre lo que podemos enunciar como un principio de conservación, respecto a las características del organismo predecesor, las cuales se conservan nada menos que en el nuevo organismo, fruto de los propios mecanismos de la evolución. Darwin busca apoyar tal conservación en el hecho que en ciertos casos los grupos más perfectos reemplazan a los menos perfectos, con lo cual da a entender que los organismos antecesores desaparecerían por completo frente a los nuevos. Pero a continuación el mismo Darwin se ve obligado a aceptar que algunas formas antiguas sobreviven, sobreviven según él solamente por un “hábitat más ventajoso”. Sin embargo, la selección natural y la lucha por la existencia no explican completamente el cuadro de la misma evolución, pues de acuerdo con otras líneas de expresión del gran naturalista inglés, “los antecesores del hombre, en épocas muy remotas, llevaron una vida completamente acuática”.

El hecho de la vida embrionaria del ser humano, fuertemente ligada a un medio acuático, sumado al hecho de su composición elemental, que destaca el elemento líquido, aproxima inevitablemente a la humanidad con los anfibios y criaturas del mar, con lo cual la ubicación de un eslabón perdido se tornaría completamente difusa, al punto de desaparecer por completo en las cadenas evolutivas de los seres orgánicos.

En esa medida, más probable parece ser el hecho que la evolución se daría en un sentido general, no solamente respecto a dos o pocas especies, sino respecto a la generalidad de las mismas. De allí el probable origen acuático del ser humano, en cuanto la precisión de uno de sus antecesores.

Tal dificultad en su edificio doctrinario fue percibida por el mismo Darwin al enunciar la existencia de una serie interminable de antecesores, que van desde los monotremas, pasando por los marsupiales antiguos, los lemúridos, los mamíferos placentados, los simios, los cuales a su vez en su subdivisión entre monos del antiguo mundo y del nuevo mundo, habrían dado origen al hombre, específicamente dentro de la primera subdivisión; vale decir, desde los monos del antiguo mundo. El mismo Darwin expresa la existencia de tal dificultad: “Parece que el mundo se había ampliamente preparado para el advenimiento del hombre, cosa que en cierto sentido no puede ser más verdadera, porque desciende de una serie interminable de antecesores. Si no hubiera existido uno sólo de los anillos de esta cadena, no sería el hombre tal como es” (4).

Los fósiles de hombres primitivos descubiertos y catalogados por la ciencia principian generalmente a ordenarse desde el pitecantropus hacia delante, llegándose incluso a afirmar que el primer color del hombre primigenio fue el negro. Sin embargo, en tal propósito de ordenación de la genealogía del ser humano se hace mención al llamado “eslabón perdido” como aquella parte faltante en la cadena de la evolución, y que vendría a explicar el paso del mono al hombre.

Al respecto cabe citar lo siguiente: “Tras el discurso paleontológico de la ciencia oficial, el origen de la especie humana sigue permaneciendo como un misterio, siendo la opinión de ciertos investigadores que tanto los simios como los hombres provienen de antiquísimos antecesores comunes, que hasta ahora no se sabe quiénes ni cómo fueron. Podrá hablarse del hombre de Java, de Pekín, de Heildelberg, de Neandertal, de Cromagnón, etc.; pero el hecho es que el pretendido “eslabón perdido” sigue siendo precisamente algo perdido, que la ciencia oficial sin embargo localiza desde el continente asiático hacia el africano, bajo el nombre de antecesor común. La seguridad científica al respecto se basa en lo que es común a su metodología: las aproximaciones. Se deja así para la posteridad la tarea de ir acrecentando, modificando y mejorando el relato de la historia de nuestra especie, tarea que recae en los pocos hombres de ciencia que no buscan figurar o perpetuarse egoístamente en teorías y sistemas diversos” (5)

IV. SOBRE LAS RAZAS HUMANAS :
El hablar actualmente de “especie humana” no fue el logro gratuito o instantáneo que a simple vista puede parecer para ciertas personas, pues, al contrario, fue una conquista histórica de la ciencia través de un proceso paulatino y dialéctico de superación de errores y desaciertos. Darwin analiza el tema de las razas humanas desde una perspectiva interesante como realista: la visión naturalista. En tal sentido, el autor de “El Origen de las Especies” aprecia el valor y origen de las diferencias existentes entre las razas humanas, tratando de lograr una clasificación científica o una taxonomía. Pero para conseguir tal meta necesitaba detectar una constancia de los caracteres, dado que al fin de cuentas eso es lo que busca el naturalista.

En la ubicación de la constancia de los caracteres, con su correspondiente sostenimiento en el tiempo, las formas se conservan, y ello da lugar a la “especie”, la cual no se puede cruzar con otra bajo la perspectiva de un mestizaje interespecie que posibilite nuevos seres conformados y susceptibles a su vez de procreación. En esa medida, Darwin acierta muy bien al distinguir entre “razas geográficas” y “verdaderas especies”, pues, al decir del mismo, “un naturalista se creería tal vez completamente autorizado para considerar como especies diferentes las razas humanas”, pero la evidencia de los hechos nos muestra que las razas humanas no son bastante distintas entre sí para coexistir sin fusión. Este rasgo último distingue específicamente a la humanidad y sus varias razas. Asimismo, otra evidencia innegable sería, por ejemplo, el hecho de que los caracteres distintos de todas las razas humanas son extremadamente variables, al punto que inclusive la configuración del cráneo varía mucho en algunas razas, y lo propio acontece con todos los demás caracteres. Así, en una misma raza caucásica habrían seres humanos con distintas dimensiones en sus órganos y miembros externos: Distinto tamaño de la nariz, de las orejas, de la quijada, de los ojos, incluso en la misma estatura corporal, etc. Tales caracteres por demás inconstantes dificultan la definición de “especie”.

Como dice el mismo Darwin: “El argumento más poderoso que puede oponerse a la teoría que considera a las razas humanas como especies distintas, es el que se confunden entre sí, e independientemente, en muchos casos, al menos por lo que podemos juzgar al entrecruzarse” (6) .

Por tal razón, el término más correcto y aconsejable sería el de “subespecie”, definiendo a la misma como aquellas formas que poseen muchos caracteres de verdadera especie, sin merecer tan elevada categoría.

Por las dificultades insuperables para definir las razas humanas como especies, parece oportuno entonces tomar el término de “subespecies”, aunque la costumbre arraigada e inveterada hará preferir siempre el nombre de “raza”. Sobre este apartado, es de indicar que Darwin tenía mucha razón en lo referente al peso de las costumbres, porque en la actualidad incluso se habla de una sola raza humana, en reemplazo de la especie humana, y de diferentes “etnias” en reemplazo de las razas humanas.

Los estudios de la humanidad, respecto a la determinación de una o varias especies, nos conducen de ese modo al monogenismo, cuando la especie es una sola y única, y al poligenismo cuando se admite la existencia de varias especies humanas. Queda claro que al respecto triunfó la visión monogenista, hasta la actualidad, por encima de los contemporáneos replanteos semánticos.

Como evolucionista, Darwin no duda en señalar que los que no admiten el principio de evolución deben considerar la especie como creaciones separadas o como entidades distintas, desligadas de una interacción ecosistemática, por la colocación externa de sus entidades, al explicar el creacionismo el origen de las criaturas a través de un Dios personal o antropomórfico, voluntarioso como amoroso. También el mismo autor indica: “Los naturalistas que admiten el principio de evolución no vacilarán en reconocer que todas las razas humanas descienden de un solo tronco primitivo, por más que crean útil o no clasificarlas de especies distintas, con objeto de expresar la extensión de sus diferencias” (7).

En la determinación de un solo tronco primitivo para la humanidad, la extinción de las razas humanas se sigue mayormente de la concurrencia de tribus con tribus y razas con razas, por un lado, así como, por el otro, se debe a que obedecería a patrones de disminución de sus integrantes por guerra, enfermedades, etc., con lo cual se da la absorción de una tribu humana por otra tribu.

La descendencia de todas las razas humanas de un mismo tronco primitivo se engarza a su vez dentro de la descendencia, tanto del hombre como del simio, de un mismo antiguo antecesor común. Las absorciones de razas y tribus humanas encajan con la historia de la humanidad, en la cual han surgido grupos humanos determinados, con sus correspondientes culturas y pueblos, como los visigodos o los hunos, por ejemplo, para luego desaparecer en el transcurso del devenir histórico, siendo cierto el hecho que en el campo biológico siguen perteneciendo a la especie humana. Mas, retrocediendo en el tiempo, es inevitable acudir o llegar al momento de origen del nuevo organismo, generado a partir del organismo antecesor. Antes habíamos mencionado un principio de conservación que Darwin lo ubicaba dentro del nuevo organismo. Sin embargo, los mismos hechos históricos van localizando el referido principio de conservación no en el nuevo organismo, sino en el antiguo; esto es, en el predecesor o antecesor, pues el mismo Darwin atestigua que los más remotos antecesores del hombre provienen del mundo acuático. Esta última aseveración hace que la visión de un pretendido “eslabón perdido” desaparezca en el horizonte de la ciencia, dado que la evolución operaría en dos sentidos, aplicables a la generalidad de las especies y seres vivientes: Un primer sentido, de conservación de los organismos predecesores a lo largo del tiempo, y un segundo sentido, de origen de nuevos organismos por cambios cualitativos producto de diversos agentes, tanto internos como externos, tanto sustanciales como accidentales, tanto terrestres como no terrestres, etc.

Ese referido Principio de Cambio aplicado a toda escala en el proceso evolutivo tiene actualidad “en el paso del mono al hombre”, o, en otros términos, en el origen del hombre a partir de los monos del antiguo mundo, tomando las propias palabras de Darwin. Dicho cambio no sería concebible sin la conservación, en líneas generales, de los organismos antecesores. Muestra rotunda de ello sería el hecho de la actual coexistencia entre los seres humanos y los simios antropoides. El examen genético básico entre el hombre y el chimpancé, que arrojó niveles impresionantes mínimos de diferencia, vendría a corroborar la coexistencia entre los organismos antecesores y los nuevos organismos.

Entonces, los cambios en los organismos, sujetos a un proceso evolutivo, se darían por medio de saltos cualitativos, los cuales, por obedecer a esos patrones, conservarían, en líneas generales, los organismos predecesores, dando origen, a su vez, a nuevos organismos, que tendrían dentro de sí algunos caracteres del organismo antecesor. El tiempo y los millones de años desaparecerían a los más antiguos organismos, pero estos no serían descubiertos como fósiles transicionales o “eslabones perdidos”, sino como organismos propios que fueron alguna vez nuevos organismos así como también organismos antecesores de otros.

En tal proceso evolutivo no reinaría lo que entendemos por “azar”, pues habría una dirección detectada. ¿Hacia dónde? ….. No lo sabemos exactamente, pero todo indica que el proceso de evolución no va a hacer excepción alguna para el hombre. Es decir, el hombre o ser humano, que antes fue un nuevo organismo generado a partir de organismos antecesores, después será él mismo un organismo antecesor, de un nuevo organismo, al que podremos llamar tal vez algún día, en el futuro de los tiempos, el “superhombre”. Esta nueva entidad vendría a ser el testimonio de la superación de las actuales contradicciones que se agitan al interior de la humanidad, la cual así como es capaz de grandes conquistas en el terreno del conocimiento y de lo espiritual, también es capaz de las mayores atrocidades. El nuevo organismo, generado a partir del hombre, sería preponderantemente espiritual y poseedor de conocimientos intuitivos y mayores poderes individuales. Y tal “superhombre” coexistiría con el hombre, con lo que somos ahora todos y cada uno de nosotros.

Pese a tales reparos y replanteamientos al edificio teórico de la evolución, es mérito de Darwin el haber iniciado los sanos propósitos del descubrimiento de la historia de las especies y de la humanidad, sea cual sea la verdad, o por más amarga que ésta sea. José Ferrater Mora anota sobre la contribución de Darwin: “El darwinismo ha ido perdiendo paulatinamente importancia en el campo filosófico precisamente a medida que se han incorporado definitivamente a la biología sus comprobaciones más firmes y ha dejado de ser, por tanto, un principio general de explicación” (8).



















V. CONCLUSIONES

1) La tesis de Darwin sobre la evolución del hombre, desde formas inferiores, sería errada en el sentido de suponer la existencia de un eslabón perdido.

2) No habría eslabón perdido, sino asimilado por un Principio de Cambio y Conservación, que conserva, en líneas generales, el organismo antecesor, por un lado, y el nuevo organismo, por el otro.


VI. REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

• DARWIN, Charles. El Origen del Hombre.

• FERRATER MORA, José. 1964. “Diccionario de Filosofía”. Tomo I. 5ª.e. Editorial Sudamericana. Buenos Aires-Argentina.

• GUEVARA VASQUEZ, Iván. 2004. “El Ocaso de los Maestros”. 1ª e. Río Santa Editores. Chimbote – Perú. 216 pp.














Email del Autor: iusfilosofia@yahoo.es
Página web del Autor: http://


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