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Se han ido los soldados que imponían el antiguo orden colonial, pero han sido sustituidos con ventaja por la diplomacia de las antiguas metrópolis, con sus cortejos de espías y delegados comerciales de las multinacionales, mucho más efectivos y letales todos ellos unidos a los gobernantes ahora títeres. Estos son encumbrados al poder por las viejas metrópolis, endeudados económicamente y comprometidos a mantener los acuerdos que convienen a los poderosos amigos con cada vez mayor influencia sobre las antiguas colonias. Ellos son los encargados de hacer los negocios de alto nivel con los gobiernos, los que presionan aquí y allá para conseguir sus propias ventajas comerciales, los que endeudan estos países, los que les venden las armas y producen divisiones internas cuando les interesa derrocar al gobernante que no satisface sus expectativas.
Entre tanto firman los artículos sobre derechos humanos con una mano mientras venden sofisticados equipos militares con la otra, empujada y “untada” por los representantes de las multinacionales y sus gobiernos protectores.
La venta de armas y equipos relacionados con la guerra, ha aumentado sin cesar con los conflictos permanentes, los ejércitos revestidos de diversas misiones (humanitarias (¡!¿?), de “intervención rápida”, o directamente, de invasión-ocupación, El año 2005, según el Instituto Internacional de Investigación por la Paz (SIPRI), de Estocolmo, los gastos militares mundiales encabezados por los EEUU, ascendieron a la enorme cifra de 1,18 BILLONES de dólares, lo que dividido entre los habitantes del Planeta supone unos 2000 dólares por habitante. Pero si consideramos la cifra oficial de 1000 millones de pobres en todo el mundo (pobres que no pueden ni comer muchos días) tocarían nada menos que a 1.000 dólares mensuales.
Cuando se sabe que más de mil millones de personas viven con menos de un dólar diario, fíjense qué fácil es resolver el problema de la miseria en el mundo: basta suprimir el comercio de armas.
La energía que da pie a todos esos actos abominables en parte es odio, en parte es desprecio a la vida de los otros, apego (por quienes lo tienen) al poder y a la propiedad de dinero, mercancías y otros bienes, en parte sumisión pasiva de los ciudadanos a los que rigen los países. Estos se nutren de los impuestos que el pueblo paga y además deja de participar en el reparto justo de la riqueza social, que se desvía hacia minorías.
En EEUU, por ejemplo, a pesar de las enormes cantidades de impuestos que se recaudan, el enorme gasto militar desde que comenzó la invasión de Irak ha venido a coincidir con una recesión económica que está afectando a la economía mundial junto a otros factores añadidos, como el precio del petróleo, las sociedades inversoras de riesgo y la utilización de alimentos básicos como combustible, unido todo ello a un desempleo creciente.
El petróleo, las industrias químicas y farmacéuticas, los alimentos transgénicos, el biodíesel, y los controles políticos y financieros sobre todos los países ricos en materias primas con economías y gobiernos débiles son el verdadero campo de batalla mundial de las multinacionales más poderosas de los países más ricos con gobiernos proclives a apoyarles y ejércitos sofisticados.
En zonas acordadas previamente tras largas reuniones secretas, los miembros del CLUB ATÓMICO y sus hermanos se reparten las ÁREAS del mundo donde pueden intervenir militarmente sin molestar a los otros, que ya tienen las suyas. Sólo tienen permiso para hacer lo que les parezca en los países acordados. A la vez, tratan de impedir la aparición de nuevas potencias ideológicamente contrarias al Club Atómico, como es el caso de Irán, que obligasen a redistribuir el festín del pastel internacional. Este papel de foro mundial de los poderosos y los débiles, cada uno en sus respectivos papeles, lo cumple la ONU, la organización internacional de las naciones desunidas, que administra las políticas mundiales de rapiña y guerra al servicio de los más ricos y militarmente poderosos.
Ahora no se enfrentan a tiros entre los miembros del CLUB, pues en vez de guerrear, algo muy peligroso y aventurado dadas las armas de que disponen, prefieren enseñarse sus armas en aparatosos desfiles para demostrar su poder ante los otros y dar seguridad a sus propios pueblos. Después juegan al Risk y al Monopoly, (esos abominables juegos inventados por el capitalismo para iniciar a los jóvenes en el juego adulto de sus dirigentes), pero en serio y combinando ambos, con los resultados negativos para los que vemos los resultados y los tenemos que sufrir en todos los casos. Ganen o pierdan los que compiten, siempre perdemos los demás: ellos, verdaderamente, nunca. En todo caso algunos no ganan tanto como se propusieron. Los pueblos, desde luego, mucho menos, pues si los gastos militares aumentaron, los gastos sociales, en cambio, se fueron reduciendo a nivel mundial .Pero nosotros, uno por uno, somos el almacén seguro de suministros de energía en sus juegos de comercio y poder.
La cumbre de la FAO con los representantes de casi doscientos países ha fracasado, como lo hacen todas las cumbres de gobiernos y jefes de Estado en cada ocasión, pero nadie es capaz de decir en alta voz las causas profundas. Y menos los pueblos, tan pasivamente sufrientes como divididos e impotentes; tan fuertemente ignorantes como atrapados en las redes de pensamiento materialista que el sistema le tiende, tan incrédulos para la verdad y tan crédulos y pacientes con las mentiras y manipulaciones de quienes les gobiernan y de los que controlan la opinión pública. Sin embargo, son los únicos que pueden hacer que cambien las prioridades de la distribución de la riqueza mundial. Que no esperen de cumbre alguna que se resuelva el problema de la justicia social: pierden su tiempo.
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