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Tal pareciera a últimas fechas que quienes están en el poder en Rusia se proponen crear un sistema bipartidista, con dos partidos oficiales: Rusia Unida, en algo así como el centro, y Rusia Justa, un poco más a la izquierda. Hace algún tiempo, si bien dió su apoyo al ahora Primer Ministro Vladimir Putin, el ex líder soviético Mijaíl Gorbachov deploró que el ruso de a pie no tenga en realidad muchas opciones, y no las tiene.
En muchas partes del mundo existen de hecho sistemas políticos bipartidistas, a comenzar por Estados Unidos, donde nadie realmente independiente de las grandes corporaciones y los intereses financieros puede entrar en el "juego". También existen, virtualmente, bipartidismos en países como Francia, Alemania y España, por citar unos cuántos. Pero el problema ruso es más complicado.
Hasta ahora, y a pesar de que muchas de sus tesis políticas suenen desorientadas, el Partido Comunista de la Federación Rusa, encabezado por Guennadi Ziuganov, ha insistido, con pruebas, en que hubo fraude en las últimas elecciones rusas, en particular en las parlamentarias. No hay duda de que, en materia de limpieza electoral, Rusia dista mucho de ser un ejemplo. Llegado el momento, es un argumento que podría ser utilizado, y no sin cierta razón, para desacreditar al Kremlin, donde siguen existiendo ribetes autocráticos. Es igualmente comprensible que el oficialismo ruso no quiera vérselas con la realidad de los votos comunistas: no forzosamente por culpa de éstos, pero un ascenso "rojo" podría crear divisiones internas en Rusia frente a un exterior amenazante. Es una forma de trampa, y de las más curiosas: si crece el voto comunista, se dirá en Occidente que "vuelve la amenaza". Y si no, como no hay otra oposición digna de ése nombre, se dirá que en Rusia "no hay democracia", aunque quienes lo digan no la practiquen demasiado. Este segundo argumento ha sido utilizado contra los mandatos de Putin. ¿Podría seguir esgrimiéndose si existe un bipartidismo real, que refleje una diversidad de intereses sociales y no únicamente las pugnas entre corrientes del oficialismo? Hasta aquí, no parece más que un juego de matrioshkas, y más vale quedarse con la sensatez de Gorbachov, que no es poca. No solo por los rusos, demasiado acostumbrados a esperarlo todo de un solo hombre, sino por la necesidad de que Occidente calme sus apetitos...
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