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¿QUÉ ES UN MAESTRO?
Por EBER HERNÁN BELTRÁN GARCÍA
A lo largo de nuestra vida escolar siempre existe una persona especial, que se convierte en compañía, y que nos ayuda a crecer en la libertad, en el amor, vive y nos hace vivir su tarea educativa como algo fascinante y apasionante.
Aquel ser que tiene uno de los trabajos más dignificantes, después del sacerdocio, es el maestro. Pero, habría que aclarar algunas dudas respecto a cómo llamarle correctamente a aquella persona que es modelo de vida coherente y que tiene la noble y difícil tarea de formar personas.
En nuestro país existen instituciones dedicadas a la preparación profesional de formadores conocidos contemporáneamente como profesores. Algunas de estas instituciones corresponden al rango universitario y otras al rango no universitario.
Desde una concepción ordinaria el profesor es el especialista en la orientación de información, de cultura, reduciendo de algún modo las distancias que la geografía y la política imponen como barrera entre el ser humano y el conocimiento. El docente es un investigador formado en las aulas universitarias, por lo que es el empleo del método científico una de sus principales características. El docente es un académico, manejador de teorías científicas para contrastarlas con la realidad; pone en práctica diferentes estrategias que le permiten hacer del aprendizaje significativo logros en beneficio de los estudiantes a lo largo de todo el proceso enseñanza-aprendizaje. El maestro, en su concepción natural, es aquel que ha obtenido el grado del mismo nombre. En los años de iniciación de la universidad en el Perú, el acceso a ésta constituía un privilegio por lo que las personas que lograban su inmersión en la misma eran reconocidas de manera especial por quienes no disfrutaban de tal experiencia.
La universidad de ayer se ha transformado a tal punto que su masificación, a la par que ha permitido mayores posibilidades de progreso ha ocasionado el declive del pensamiento de quienes se forman en sus aulas y de la población misma que se ha percatado de su ineficacia para satisfacer sus demandas o exigencias, y en Educación de manera especial, el cumplir con el encargo social.
Alfonso Borrero hace una distinción muy clara entre profesor y maestro: “El profesor es aquel que imparte una instrucción, que colabora en la formación de expertos. El maestro en cambio educa, el maestro además de instruir, forma. Sin embargo, el verdadero maestro será quien acompañe al estudiante a “dar a luz” a través de las distintas enseñanzas para que desarrolle sus herramientas más importantes: la inteligencia y la voluntad.”
Los buenos maestros tienen metas altas para todos sus estudiantes y no se dan por vencidos con aquellos que no son dóciles y no se dejan ayudar. Los buenos maestros tienen objetivos claros, están preparados y organizados, motivan a sus estudiantes y les enseñan diferentes perspectivas, forman relaciones fuertes con sus estudiantes y demuestran que les tienen afecto como personas, son expertos en su materia, se comunican frecuentemente con las familias.
El maestro de hoy no sólo tiene el desafío central de transmitir la cultura (educando la inteligencia) -sin dejar de atender las urgencias cotidianas- y educar la voluntad sino que, además, tiene la responsabilidad de exigirse aún más en su preparación diaria; por ello el maestro ha de convertirse en un experto en el manejo de relaciones humanas elevando su capacidad de apertura, tolerancia y piedad; ha de tener y practicar como segunda especialidad Asesoramiento Familiar, Neuropedagogía y una segunda lengua materna y otra extranjera. Debe manejar pertinentemente las TICs; entre otras habilidades que ha de incorporar con urgencia en su vida profesional.
En un lado de nuestra realidad, el maestro representa la conciencia ilustrada de toda nación y su diversidad religiosa, política, académica, étnica y de otra naturaleza, es acogida en la vida y características personales de cada educador, lo que asegura que en el seno de la educación se mantengan vivas las virtudes de la tolerancia y del respeto a los demás, condiciones necesarias para un buen desarrollo libre de violencia y sedentarismo físico, intelectual y espiritual.
Un maestro bien formado sabe que cada infante, niño o adolescente, como objeto de la educación, es una persona concreta, singular, con identidad y dignidad propias. Reconoce que la idea de persona que tiene cada corriente pedagógica condiciona la praxis educativa. La educación fiel a la esencia de la persona, se orienta a favorecer el proceso perfectivo del educando, lo que equivale a decir que la educación es personalización y, por tanto, abarca todas sus dimensiones y sus notas constitutivas mediante la convivencia cordial y bien hecha.
Cuando hablamos del encargo social y de que el educador considera a cada estudiante como un ser singular e irrepetible; que lo enfrenta como persona autentica, humana, con sentimientos, pensante, con defectos y cualidades, hemos de analizar en qué medida se involucra en su trabajo desde su interior. La relación que se establece entre profesor y estudiante es fundamental en el proceso de aprendizaje. De las características de ésta relación dependerán los resultados. Rueda Beltrán (2002) dice: “Conocer al profesor no sólo atañe a su formación académica, a su actuación en el aula y al dominio de la disciplina, también implica rescatar los procesos afectivos y de personalidad.” El condicionante principal de toda acción docente es la propia persona y vida del profesor.
“La polémica sobre si el profesor debe puramente ser docente o ha de ser educador, es decir si su tarea queda limitada al estimulo del aprendizaje de un campo cultural determinado o bien traspasa los límites de lo puramente didáctico para llegar a ser un estimulo real en la vida personal del estudiante, se resuelve claramente en la medida en que el profesor acepte que, quiéralo o no, influye con su persona, su presencia y sus actos en la persona del estudiante. Aunque su responsabilidad primera sea la de estimular un aprendizaje eficaz, no se puede eximir de cierta responsabilidad, grande o pequeña pero real en la vida del estudiante. La enseñanza más asépticamente científica u objetiva tiene siempre un componente moral, positivo o negativo” (García Hoz, 1996).
El otro lado de la realidad que vivimos en Perú, nos muestra que, desde hace tiempo, el maestro experimenta una crisis de identidad reflejada en una patente situación de malestar con agudos conflictos en torno a su estatus social y ocupacional de los que la polémica salarial es sólo una parte visible, además de otras consecuencias prácticas como la delimitación de campos de competencia, la calidad de su proceso de formación pregrado, postgrado y continua, discriminación, perturbaciones en la organización de la carrera docente, entre otros aspectos que en cierto modo han desprestigiado al magisterio y ocasionado que los egresados de EBR lo asuman como una segunda opción en su intento por acceder al nivel superior, antes que considerarlo una vocación seria, auténtica y de servicio.
A pesar de todo, los maestros de hoy debemos estar convencidos plenamente que nuestra función tiene éxito en la medida en que eduquemos en un 90% de lo que hacemos y un 10% de lo que decimos; nuestro sello característico es el arte de abordar los temas desde el punto de vista de cada estudiante y desarrollar la virtud de poder sentir lo que ellos y ellas sienten. Recordemos que somos sembradores y que la escuela es lo que son sus profesores.
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Publicado Saturday, July 5 2008