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La tentación de adivinar la dirección del mercado
Por Eccio Leon R
La paciencia es una de las múltiples víctimas de la transición de nuestra sociedad hacia un mundo de veloces computadoras, Internet y soluciones instantáneas. Ese entorno no admite tiempo para reflexión o compases de espera. La expectativa es para reacciones inmediatas y contundentes.
Por ello, uno no puede extrañarse de lo errado que ha resultado el análisis con respecto a ésta la primera crisis económica del tercer milenio que ha confundido tanto a analistas como a gobernantes.
La principal motivación de la confusión se encuentra en el plazo en el cual se esperaba que se manifestara la totalidad del malestar, sin darse cuenta de que unos elementos de éste exacerbarán a otros y que la combinación de ambos creará nuevos y distintos malestares.
Hoy, sin embargo, sabemos que las primeras muestras de ese mal no debieron ignorarse. Para empezar, el voraz apetito de los consumidores estadounidenses alimentado por una peligrosa propensión a financiarlo con deuda presentaba una amenaza palpable. El mundo en vías de desarrollo se armó para proveerlos de todo tipo de bienes, acelerando un proceso de industrialización precoz que crearía una enorme demanda por materias primas y energía.
Ese evento ha generado, además, un peligroso efecto sobre el equilibrio ambiental de un planeta que no puede darse el lujo de que los países más poblados del planeta se industrialicen utilizando combustibles fósiles, carbón, “tar sands” y otras alternativas energéticas que dejan indelebles huellas ambientales.
Cuando se lucha en crisis hay un par de variables que definen el éxito o fracaso de esta. Primero, qué tan temprana fue la detección del problema. En la medida en que la detección lo sea, las terapias para limitar su crecimiento serán menos agresivas y el contagio de éste a otras áreas será menos probable.
En este caso, la complacencia de los gobernantes con los síntomas retrasó peligrosamente la efectividad de las acciones. Se permitió que la tasa de ahorro en los Estados Unidos se desplomara y que la dependencia de crédito tomara proporciones mucho más allá de lo sensato. Se dejó que al igual que la sangre alimenta el crecimiento de un tumor la absurda abundancia de crédito generara la mayor burbuja financiera (la de los mercados inmobiliarios estadounidense, español, inglés, etc.) en nuestras vidas.
La batalla por parar la dispersión de una crisis usualmente amenaza la salud de economías sanas, los priva de los elementos como los glóbulos blancos que el cuerpo típicamente utiliza para luchar contra patógenos naturales. Algunas teorías modernas, incluso, buscan privar a la mala decisión del flujo medidas efectivas para inhibir su crecimiento. En esta economía, el brutal recorte de crédito y la enorme contracción del apalancamiento amenazan con tener un fuerte impacto sobre el crecimiento de las economías y el contagio está a prueba de duda.
En una crisis que se originó en Estados Unidos resulta paradójico que las pérdidas reportadas por bancos europeos rebasen los 200 mil millones de dólares, mientras que los bancos estadounidenses reportan 166 mil millones. Es igualmente preocupante que mientras éstos últimos han levantado 141 mil millones de capital fresco, los europeos han podido hacerse de sólo 125.5 mil millones.
Un elemento importante para definir el éxito de una terapia proviene de la reacción del cuerpo a ésta. Lo que para unos funciona es inútil para otros, lo que una vez da resultado, no lo da después. En ocasiones, algún medicamento provoca mucho más daño que alivio al atacar sectores sanos en forma imprevisible. La primera línea de ataque al “desorden económico” provino de terapias tradicionales. Primero, bajar las tasas de interés para abaratar el crédito y reactivar la economía. Sin embargo, la baja de las tasas en dólares parece haber hecho más daño que bien.
Primero, la menor tasa redujo la demanda por créditos denominados en dólares, lo cual a su vez debilitó al dólar contra las monedas del resto del mundo. Al debilitarse el dólar, los precios de un número de materias primas denominado en dólares subieron. Al subir precios fundamentales para las economías, como los del petróleo, acero, cobre y granos, la amenaza inflacionaria hizo su inoportuna aparición. Esto llevó a que otros bancos centrales, principalmente el europeo y el inglés, no siguieron la misma dirección que la Reserva Federal estadounidense ante el riesgo de que los precios salieran de control.
Después de tan amarga decisión, ¿al menos se logró fomentar el crédito con la baja en las tasas de interés en dólares? No esta vez. Algo que no se previó en el proceso es que a pesar de la decidida y agresiva reducción en las tasas de referencia que marca el banco central estadounidense, el costo de la mayoría de los créditos hipotecarios y corporativos oscila dependiendo de la tasa Libor. La definición de la tasa “London Interbank Offering Rate”, mejor conocida como Libor, es definida por la BBA (siglas en inglés de la Asociación de Banqueros de Londres). Esta tasa ha mostrado fuertes diferencias con respecto a la tasa de fondeo federal que la FED establece. La Libor refleja el costo promedio de fondeo de un grupo de bancos. Ésta no es definida en base a transacciones reales sino a partir del costo al que los bancos estiman pueden hacerse de recursos (depósitos, líneas de crédito, etc.) en diez monedas distintas y a diferentes plazos.
La Libor ha sido una tasa de referencia eficiente que típicamente se mantiene cercana a otras tasas relevantes en el mercado de dinero. Sin embargo, no esta vez. Ahora ha permanecido alta con relación a la tasa de fondeo del Tesoro de Estados Unidos debido a que la encuesta se hace consultando a 16 bancos, sólo tres estadounidenses. Los que no lo son, no tienen acceso a las líneas de crédito que provee el banco central de ese país por lo que no pueden reflejar una reducción en su costo de fondeo cuando la Reserva Federal reduce sus tasas. Si ese es el caso, ¿por qué no cambiar la tasa de referencia para esos créditos? Porque hay en el mercado cerca de 2.4 billones (millones de millones) de dólares de préstamos hipotecarios en base a esa tasa. Un cambio, sin duda, tomará años y beneficiaría sólo a créditos de nueva contratación.
Entonces, la decisión típica de bajar tasas ha hecho, sin duda, más daño que bien, particularmente dado que otros bancos centrales no han seguido la misma tendencia. El Banco Central Europeo parece haber aprendido la lección después de que en 2001 después de que reventó la burbuja de Internet redujo sus tasas de referencia a 2%, siguiendo a la FED que las bajó a 1%. Ese movimiento, sin embargo, creó más presión inflacionaria y acentuó los problemas en las balanzas de pagos de países miembros como España, cuyo déficit en cuenta corriente rebasó 9% del PIB, y Grecia, donde rebasó 11%.
El presidente del banco central europeo, ha dejado claro no sólo que no bajará las tasas de referencia, sino que pudiera aumentarlas si la presión inflacionaria persiste. Algunos analistas han revisado al alza su estimación de inflación para la economía europea en este año, alcanzando 3.5%. Recordando que la meta del banco central es 2%, todas las señales de alarma suenan en forma estridente.
Lo paradójico es que la Reserva Federal está maniatada porque un incremento en tasas agravaría la ya delicada situación en el mercado crediticio e hipotecario y el políticamente explosivo crecimiento en el desempleo que llegó a 5.5% dando el salto más grande que este indicador ha presentado en más de 20 años. Considerando que además hay elecciones presidenciales este año, la medida sería particularmente mal recibida. En este entorno, un incremento en la tasa de euros seguramente apuntalaría el fortalecimiento del euro contra el dólar. Al debilitarse este último, seguramente se seguiría traduciendo en precios más altos de petróleo y otras materias primas. Parece que la capacidad de decocciones hace más daño que bien no es exclusivamente estadounidense, los europeos también saben hacerlo.
El enorme debilitamiento del dólar ha lastimado a un sinnúmero de economías con regímenes cambiarios indizados a la moneda más dominante del mundo. Como ejemplo, las economías de Arabia Saudita y Kuwait totalmente dolarizadas y otras como la rusa, parcialmente indizadas. Las economías asiáticas, exportadoras de deflación en el pasado reciente, presentan claras señales de inflación. La inflación alcanzó su nivel más alto en nueve años en Filipinas (9.6%), 10.38% en Indonesia, 8.5% en China y más de 25% en Vietnam. El salto en los precios de petróleo y alimentos ha forzado a disminuir subsidios, y el reflejo en el índice inflacionario ha sido evidente. El incremento en las tasas de interés, aunque rezagado, seguirá.
La economía mundial, entonces, apenas ve los primeros síntomas de lo que será una enfermedad de larga y lenta recuperación, esto es, si logra sobrevivir a las brillantes medicinas de los “matasanos”. Apenas comienza lo que será un largo trayecto de desapalancamiento. Tendremos que ver una contracción en la disponibilidad de crédito sin precedente, particularmente si lo contrastamos con la voraz demanda generada por más demandantes que nunca. Este proceso puede ser agravado por el inoportuno e indeseable incremento en las tasas de interés en diferentes economías, forzadas a hacerlo debido a la repentina y fortísima inflación de costos generada por el incremento en los precios de petróleo y alimentos.
Quienes esperan que este sea uno más entre esos malestares pasajeros que se curan con una aspirina, lo prolongado de la crisis pondrá a prueba su paciencia.
¿Y en materia de inversión, cómo sobrevivir en este entorno? Ahí también las recetas convencionales resultarán de difícil aplicación. Típicamente, uno recurre a invertir en bonos y a mantener altos niveles de efectivo en este tipo de ambiente. En este momento, la inflación puede devastar al poder adquisitivo de quienes inviertan exclusivamente en renta fija, el deterioro del crédito complicará las estrategias de inversión en bonos y las alzas en tasas de interés reducirán los precios en el mercado secundario de muchos bonos.
Desafiando a la lógica, los mercados accionarios pueden sorprender reaccionando antes de que la crisis económica toque fondo. Pero, como siempre, la mejor defensa provendrá de una diversificación amplia, de evitar la tentación de adivinar la dirección del mercado como estrategia de inversión, y de ver las inversiones a plazos razonables.
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Publicado Saturday, June 14 2008