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¿YO,MI IMAGEN Y MI BOLSA? ¿O DIOS Y YO?

Por PATROCINIO NAVARRO

¿INTELECTUALES O SABIOS?
Si pensamos en el papel de los intelectuales en esta sociedad globalizada llamada del “conocimiento” a causa de la abundancia de ideas, observamos galaxias de teorías y especulaciones frecuentemente acomodaticias, descafeinadas, interesadas y carentes de proyección, cada una con sus propias normas y valores donde destaca sobre todos ellos el valor de los egos y el valor del mercado. La regla es: Yo, mi imagen y mi bolsa.
Todas y cada una de las ideas que surgen de estas mentes nutren el mercado global y mercadillo mediático del compadreo y las malas formas que resulta ser el mundo, pero son incapaces de convertirse en objetivos de vida para los pueblos , de hacerse carne y sangre en ellos, de conseguir que las gentes tengan una referencia común susceptible de ilusionarse en un proyecto unitario de paz, de armonía, de cooperación, de justicia y otras elevadas cualidades que predican a veces pero raramente practican los dirigentes espirituales y mediáticos pues su misión, como mucho, es la crítica a lo que es, más que el modo de mejorarlo. Su pensamiento es individualista, parcial y fragmentario, porque estos especialistas del pensamiento han caído durante siglos en la trampa de considerar a la mente como el límite superior humano, y su desarrollo como el objetivo número uno de la evolución. Por tanto, hablan de lo mental. Aún ignoran a Groff, Huxley, Castaneda, la física cuántica y la psicología transpersonal que están más cerca de su ámbito mental. Y me abstengo de citar al místico cristiano, budista, hindú, chamánico, etc cuyas experiencias empiezan a ser reconocidas por la ciencia).
Cuando la mente no está guiada por el Espíritu, es harto escurridiza, y los pensamientos construidos con ella van y vienen como mariposas en campos de primavera, que es lo que sucede con tantos intelectuales con tan variada especulación sobre verdades hoy dadas como ciertas, mañana desechadas por insuficientes o vanas, pero que ellos no han experimentado en su carne y no les han llevado a la sabiduría, sino a la ilustración, a ser personas cultas. Pero el culto no es sabio: sólo culto.
La mente es un instrumento del alma, pero negada la existencia de este vehículo superior, alma, el pensador se encuentra con una herramienta que va a utilizar para fines distintos a su propio objeto: la evolución espiritual. Será así una herramienta que va a utilizar para explorar este mundo desde los elementos y experiencias que este mundo le proporciona, pero sin que los conocimientos y experiencias puedan ser referidos al alma, pues no nacen los pensamientos de la experiencia íntima de la verdad, sino de la reflexión, de la lógica, de los datos del mundo exterior, dejando al margen al alma y a su propia historia, pues la llevamos consigo vida tras vida.
Al negar el alma, los intelectuales materialistas suelen carecer de compromiso con aquello sobre lo que escriben o especulan más allá de lo puramente formal o académico. No se hacen carne en ellos sus ideas. Como sucede con los pájaros, salvo honorables excepciones, vuelan de rama en rama por los árboles de la vida en busca de aquellos que proporcionan más ventajosos frutos para alimentar su ego.
Por todo lo dicho, cuando se piensa en los intelectuales como referencias en la creación de conciencia colectiva, como elementos capaces de hacer evolucionar la mente humana, nos hallamos con que los pensadores del mundo occidental han hecho del laicismo, por ejemplo, una profesión de fe, pero el laicismo desarma, en última instancia, las conciencias, porque priva al ser humano de una perspectiva que le es inherente: su condición espiritual y trascendente como energía autoconsciente que es, y le niega la posibilidad de la experiencia mística, que es una experiencia de unidad de la conciencia con el Cosmos y con Dios. Por tanto, reniega de una fuente de progreso interior, pero también de la mente superior, que capacita para comprender verdades que la mente ordinaria, incluso la refinada mente intelectual, no alcanzan a comprender.
No hace falta indagar mucho acerca de la vida personal de tantos de esos intelectuales laicos presentes en la historia cultural para caer en la cuenta de que entre su pensar y sus vidas suele existir un gran abismo que lleva a menudo a la depresión, al suicidio, al individualismo egocéntrico, al castillo de marfil, a la sumisión a los poderes “que pagan” y “reconocen”, etc. Pensar no es ser. Decir no es hacer. Como dice muy bien el refrán castellano, “predicar no es dar trigo”. A la vista está, que el pensamiento laico no ha llevado a la humanidad a ninguna parte, excepto a guerras, conflictos entre mente y conciencia, errores intelectuales y espirituales, y, por supuesto a fabricar más pensamientos que acaban por conducir siempre a la desunión, a la defensa del egocentrismo, y en definitiva, a la inoperancia frente a una totalidad que no puede llegar a comprenderse desde la fragmentación del pensamiento intelectual, al desarme moral en que nos hallamos.
Descubrimos a diario a través de los medios de comunicación, y a pesar de lo que quieren ocultarnos, que, en general, la cultura basada en el pensamiento que niega a la realidad su condición esencial de metafísica y meta-racional, no puede ser más que una limitación y un nuevo callejón sin salida que no conduce a la felicidad ni a la paz ni a la unidad, sino a la disgregación y al conflicto. La humanidad actual no encuentra en los prohombres “de portada,” en los grandes fariseos del laicismo que dirigen el mundo en sus diversos aspectos la guía para afrontar sus inseguridades, superar sus miedos, responder a las preguntas esenciales sobre su vida y su muerte, y enfrentarse a las numerosas angustias producidas por las enormes desigualdades sociales, las tantas enfermedades, las enormes catástrofes ecológicas y las tremendas injusticias con que una parte de la humanidad somete al resto.
No basta proclamar los derechos humanos si no existe tras ellos la conciencia de la divinidad presente en cada ser humano, y, por tanto sus derechos divinos. El principal de todos ellos es la consideración de que siendo hijos de Dios, y amados por igual por nuestro Padre, tenemos derecho en toda circunstancia a reconocernos y a ser reconocidos como hermanos antes que como ciudadanos, y como iguales ante la ley de los cielos, que es la única justa y permanente, aunque debamos aceptar las leyes de los hombres en la medida exacta en que no se opongan a aquellas. De nuevo, la conciencia tiene prioridad.
Los derechos humanos crean leyes humanas-demasiado humanas; las leyes divinas, las leyes de Dios son los códigos correctos de la justicia universal, válida para toda persona, toda religión, toda cultura, toda nación, no importa cuáles sean.
Todos tenemos derecho a conocer -y aceptar o no libremente - que nuestro destino en esta Tierra es algo provisional y acorde con nuestra experiencia individual y nuestro programa evolutivo libremente elegido, y que volveremos a nacer libremente una y otra vez hasta que tal programa sea cumplido por nuestra alma.
El derecho a ser libres, que tanto proclaman los intelectuales, no es una idea, no nace de descubrir la esclavitud y rebelarse contra ella porque es un noble ideal el respeto a los seres humanos en cuanto tales, un respeto a la propia condición de animal desarrollado, ni un fruto que nace de la generosidad de los poderosos, ni tampoco de la imposición violenta de los pueblos contra los tiranos. No es un derecho humano, y sujeto, por tanto, a los límites que otros humanos puedan decidir, sino un derecho divino, que nace de la condición divina de nuestro verdadero ser, un ser cósmico hijo de un Dios libre que nos hizo libres en uso de Su propia libertad creadora. Hubiera sido un contrasentido absurdo que nos hubiera creado esclavos, ni siquiera de Sí mismo. Por eso nos creó con el libre albedrío. Y por esta condición divina de nuestro ser verdadero le corresponde en justicia la libertad a todo humano, pues ninguna ley ni persona puede estar por encima de Dios y negar derechos que Él otorga a Sus hijos. Y este es el fundamento básico espiritual que se opone a toda tiranía, y por la que todo abuso del poder contra la libertad es ilegítimo, aunque se proclame legal.
Sin embargo, las religiones institucionales- cualquiera que sea el nombre que se den a sí mismas,- y los gobiernos del mundo, nos y otros dirigidos por intelectuales, manejan a su antojo el derecho a la libertad individual, valiéndose en tantos casos de otros intelectuales adictos, de gentes que se sienten llamadas a adoctrinar a los demás arrogándose privilegios para los que carecen de legitimidad. Todos ellos se burlan de Dios. Pero a la vez, aparecen ante las multitudes como la salvaguarda de la moral; juzgan y condenan, incluso con pena de muerte, en nombre de sagrados principios; pero nunca se juzgan a sí mismos, pues en su extrema arrogancia creen ser los jueces libres de culpa que por la gracia de Dios, o por delegación de otros más poderosos, han sido revestidos de autoridad para ello... Y los más poderosos actúan como si fuesen delegados del Señor. Pero Cristo dijo: “No juzguéis y no seréis juzgados”. Y:.. “Con la vara que midáis seréis medidos”.Por tanto, no nos sorprende en estos tiempos que también los jueces y los políticos sean puestos ante otros jueces, y después condenados. Lo que se siembra se cosecha.


Email del Autor: navarrovalero.patrocinio@yahoo.es
Página web del Autor: http://www.librodearena.com/ondaescrita

Publicado Tuesday, May 27 2008

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