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ESCRITORES DE CIENCIA FICCIÓN vs CIENTÍFICOS (Quién copió a quién?)

Por Sergio Baldassarre

“Entonces el tripulante miró por la escotilla, y observó al planeta tierra, tan azulado, tan lejano. Encendió los motores suplementarios y fijó las coordenadas rumbo a la Luna. Los mandos de la nave estaban bajo control. Cuando miró su reloj, comprendió que su tiempo estaba detenido. Su misión era muy importante para el resto de la humanidad, y sabía que lo lograría. Los circuitos del tablero, funcionaban correctamente, mientras tanto, su corazón latía con fuerza pensando en todo lo que contaría cuando volviera a casa”

Este relato, podría ser perfectamente una crónica de alguno de los astronautas de las misiones “Apollo” de los años ´60, sin embargo, se trata de uno de los relatos de Hugo Gernsback, publicado en su revista “Amazing Stories”, allá por 1926 y que había escrito casi veinte años antes. El relato hoy puede no parecernos tan interesante, pero tengamos presente que por esos años, ni siquiera la aviación era una realidad. Todo pasaba por sueños de algunos “locos” que trataban de conseguir financiamiento para sus inventos descabellados.
Por esos tiempos, casi nada de lo que hoy conocemos como avances tecnológicos se había inventado, o por lo menos, no en un nivel de consumo masivo. Grandes inventos, que hoy forman parte de nuestra vida, yacían escondidos con celo, en laboratorios poco iluminados a la sombra de la humanidad.
Incluso, para 1926, alguien jugueteaba mentalmente con las aplicaciones de un aparato que transmitía imágenes de un cuarto a otro, sin saber en realidad en que usarlo.
El caso es que, mientras las sociedades modernas y la ciencia, maduraban, luchaban por las igualdades sociales y contra los sistemas autoritarios, la literatura estaba marchando a pasos agigantados. Obviamente, la mente de un puñado de importantes escritores, iba a gran velocidad. Tanto, que cualquier idea novedosa solo podía llegar a ver la luz en un libro o en un folletín de algún periódico de aquella época. Lo mas interesante fue, que si bien se dice que la revista “Amazing Stories” (1926) inaugura la “Era de la literatura de Ciencia Ficción”, hay acontecimientos muy sobresalientes, que nos demuestran que en realidad la “ciencia-ficción” ya estaba instalada en los artistas de siglos anteriores.
En este viaje imaginario, volvamos en el tiempo hacia la Edad Antigua, donde un príncipe narraba sus aventuras con unas “carrozas de fuego” que volaban como las aves y eran conducidas a voluntad por sus pilotos, allá en el año 300 a.C.
Si tomamos este relato que se encuentra en el libro sagrado “Ramayama”, como una visión premonitoria de un talentoso narrador, imaginemos que clase de entendimiento podía generar para los que tenían acceso a esas narraciones. Pero desde ese momento, podemos encontrar un incalculable proceso de creaciones disparatadas e inventos inimaginables para esas épocas. Y a pesar de que muchos escritores se atrevieron a difundir sus obras incomprensibles y hasta graciosas, el mundo no estaba preparado para maquinas de volar, o para viajes a la luna o a través del tiempo.
Julio Verne, entre sus genialidades, dejó una cantidad de bocetos de lo que hoy conocemos como el submarino, y nos cautivo con sus viajes por el fondo del mar. Dibujó proyectos de aparatos capaces de volar con el impulso de un solo hombre. Y por sobre todo, nos contaba en sus relatos acerca de la exploración de las estrellas.
Luego vendrán H.G.Wells con “La máquina del tiempo”, Mary Shelley con “Frankenstein”, William Olaf Stapledon con su “The Last and First Men”, Lovecraft con su horror cósmico. Todos aportando fantasiosas ideas a la limitada mente de la sociedad post-revolución industrial. Autores que en su afán de llegar a un público deprimido y sin esperanzas; imaginaban, recreaban, inventaban o adaptaban sus propios sueños y los transformaban en fabulosos relatos donde un hombre común podía cambiar su destino o el curso de la historia.
Algo que en la realidad no ocurría. Y la llegada de la primer Guerra Mundial, lo demostró. ¿Cómo se podía calmar tanto dolor?.
Y ese género de ciencia-ficción que no era más que la transformación de los propios miedos internos y ansiedades de sus autores, abrió la mente de los niños y adolescentes, que hasta ese momento, no contaban con derechos de ningún tipo. Algunos, quedarían marcados para siempre, como lo afirmara años más tarde Whitlle, que inventó el motor de retropropulsión.

Pero un día, más de un científico, o físico, o inventor, descubrió que la fascinación de la literatura de ciencia-ficción provenía de una extraña sensación por parte del lector, soñando tal vez que podría algún día encontrar la solución a sus problemas más cotidianos: curar un cáncer, recuperar su vista, tener “super poderes”, viajar en el tiempo para cambiar su vida, o irse en busca de nuevos mundos tratando de encontrar alguno mejor. Y los científicos, comprendieron esto, y se alejaron en su mayoría de los “mecenas” que tenían fines egoístas para ponerse al servicio de la gente.
Pero como en las mejores obras de ciencia-ficción, la mayoría de los inventos y adelantos técnicos, fueron financiados por estados belicosos cuyo único objetivo era la supremacía por sobre las demás naciones.
Y entonces, los científicos pudieron hacer que los hombres viajaran por debajo de las aguas, que pudieran romper la barrera del sonido con aviones a chorro, que el hombre pudiera poner un pié en la luna, o que con un solo disparo pudiera terminar con miles de vidas.

¿Quién copió a quién? Es difícil decirlo, y más porque es casi imposible comprobar si un escritor pensó antes que un científico. Muchos son los casos en que escritores de ciencia-ficción, eran también científicos e inventores. Pero algo los diferenciaban, en sus relatos nos mostraban lo bueno y lo malo de sus “inventos”.
Pero como en todo relato interesante, la ciencia se terminó poniendo, en algunos casos, del lado de la humanidad. Tomemos como ejemplos la sofisticación de los insumos de la medicina (tomógrafos, rayos x, láser) y ni que hablar de la experiencia del transplante de órganos; o el caso más reciente, de implante de mano en los EEUU. Como si la locura de “Víctor Frankenstein”, hubiera sido visionaria.

¿Quiénes fueron esos hombres que a lo largo de la historia nos deleitaron con narraciones fantásticas? Fueron seres comunes iluminados con la lámpara de la genialidad, que sabían que sus obras no tenían que ser escritas porque si. Hombres talentosos, capaces, no solo de combinar una serie de palabras, sino que además, podían dar pistas para el futuro, y tenían respuestas para esa sociedad que se perdía en la noche de la miseria moral. Entonces, encendieron una vela al final de un oscuro camino, que años más tarde encontrarían los hombres de la ciencia, para transformarla en hechos concretos al servicio del desarrollo de las civilizaciones futuras.

Email del Autor: sergio@corpax.com
Página web del Autor: http://www.sergiobaldassarre.com.ar

Publicado Friday, May 23 2008

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