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Identidad alienada
Por Fabricio de Potestad Menéndez|
La identidad, esa materia gris y etérea, de densidad hermenéutica, no es más que un efecto del lenguaje, el testimonio de un exceso, si se quiere una generosidad absurda en el desborde de las palabras que son necesarias para predicar algo acerca de ella, más allá, claro está, de la simple afirmación yo soy yo, que es, como dice Sartre, todo cuanto está permitido decir de la mismidad. El yo, en efecto, no es más que un objeto de reflexión que la conciencia se da a sí misma. Reflexión entendida como un acto de retorno de la conciencia sobre uno mismo, mediante el cual identifica el principio unificador de sus acciones: el sujeto. Identidad que, en la medida en que adquiere significación merced al lenguaje, puede ser considerado como efecto de éste, hasta el punto que, como viene a decir Ricoeur, sin el auxilio del lenguaje, la identidad es un problema sin solución. El yo es un voraz mendigo que clama por cuantas palabras lo definan, ya sean aquellas que delimiten lo más sublime de su ser, o aquellas otras que conformen la vulgaridad más extrema. Y en este sentido, Derrida considera que somos prisioneros del lenguaje, ya que nuestra subjetividad no puede configurarse más que en el interior de las categorías del orden simbólico. La subjetividad es una experiencia interior, captada por nuestra conciencia, que se derrama desbocada e incontenible sobre el mundo circundante, pero que, en definitiva, es demasiado compleja como para poder comprenderla de manera acabada. Somos un hecho que está siempre haciéndose sin poder ser nunca conceptuado. Tal vez éste sea, después de todo, el secreto del exceso inabordable, una especie de demasía literaria, un plus de estilo que desconcierta a los psicólogos y psiquiatras, que quisieran tranquilizarse atrapándola con los férreos grilletes de la evidencia científica. Mais ce n´est pas possible. Pero las miserias de una identidad sin alma no se agotan aquí. Sus predicados van mucho más lejos, pues remiten irremediablemente al lenguaje que, en consecuencia, está inevitablemente condicionado por el orden simbólico instaurado en la mente humana. Por lo que podemos afirmar que la subjetividad es, en definitiva, un efecto del discurso. Y el discurso, en la medida en que viene construido por las instituciones dominantes, podemos concluir que es un efecto del poder. Es decir que la subjetividad no sólo es un producto discursivo, sino un efecto alienado por la acción mistificadora de la publicidad política, económica, cultural y religiosa. Baudrillard concede una especial importancia al retoque artificial que sufre la subjetividad mediante la ficción producida por el cine, la televisión, las aplicaciones multimedia o el ciberespacio, distorsiones diseñadas para engañar nuestros sentidos e incluso inducir nuestra forma de pensar y de actuar, lo cual tiene una gran importancia en la práctica política. En este sentido, no es de extrañar que muchísimas personas apoyen opciones políticas que van en contra de sus intereses. Lo cierto es que uno de los principales obstáculos que se oponen a la posibilidad de ser libremente como uno quiere es la credulidad. La subjetividad es una nada que se erige sobre las ruinas de una existencia generalmente inauténtica, expulsada de la infancia y arrojada hacia el porvenir, un haciéndose que no puede trazar la raya definitiva que la sustancie, pues no puede dejar de realizarse hasta el último segundo de aliento. Cada persona está obligada a elegir en un mundo que no le ofrece otra garantía ni otra asistencia que la que pueda extraer de la propia flaqueza de su ser. Sin embargo, el ser humano, sufriente y contingente, atraviesa una época en que su libertad y la posibilidad de elección le han sido expropiadas por un sistema que lo homogeneiza y lo encorseta en lo políticamente correcto, dando expresión al drama colectivo de la sociedad del siglo XXI. En la actualidad, es difícil luchar para liberarse de la uniformidad y desarrollar la singularidad irrepetible de un sujeto, pues vivimos bajo la barbarie y hegemonía del capitalismo, bajo el imperio de una clase financiera cruel y mezquina, cuya única razón de ser es la de cobrarse sus cotidianos y sustanciosos beneficios que luego cuenta en la penumbra sórdida de sus oficinas bancarias. Y en estas condiciones, mientras uno ambiciona la excelencia, ignora que se forja un destino alienado, hasta convertirse en un extraño para sí mismo, porque interioriza lo que la sociedad espera de él y se realiza en función de esa expectativa. En una sociedad de puros consumidores como la nuestra, que se define por el poseer, se es lo que se tiene. Sostener, mantener, conservar y restaurar son las únicas acciones permitidas por nuestra cultura, de tal suerte que todo es repetición, todo es macizo y ordenado, hasta el punto de que el mundo es una especie de museo cuyos conservadores somos nosotros mismos. En cualquier caso, la cuestión no es cómo han modelado nuestra subjetividad, sino que hacemos con lo que han hecho con nosotros. Y sólo hay dos opciones: someterse, o rebelarse para ser aquello que realmente se quiere ser. Lo importante es remedar la hazaña de Prometeo –el Titán que robó el fuego de los dioses, dándoselo después a los hombres para su provecho– y recuperar así la libertad que no es por sí misma sino la forma vacía y potencial de la singularidad y originalidad posible. Fabricio de Potestad Menéndez Médico,Psiquiatra y escritor. Web: http:// Email: anabelzu@terra.es |