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Más madera, maestro Marx
Por Fabricio de Potestad Menéndez|
Sin ninguna afición por la teoría del ser humano providencial, pues siempre he pensado que no es que constantemente se equivoque, sino que, incapaz de predecir el futuro, tan sólo adivina el pasado. Sin devoción, insisto, por las personas redentoras, creo que todas las grandes utopías que nos ilusionaron antaño están haciendo su unánime desaparición, mientras asistimos a una deshielo de lo congelado, esto es, a una irrupción enfática del ultraliberalismo, que vuelve con una fuerza dominante y globalizada que jamás hubiera soñado el mercado financiero, si es que los banqueros se permiten soñar. Así, la derecha, rabiosamente capitalista, se sitúa seductoramente, más allá de todas sus mitologías judeocristianas y de todos sus dogmas utilitaristas, como la fuerza social con más posibilidades de influir en el mundo, que no es suyo, pero como si lo fuese. Claro que esta injerencia no la hace a lo loco, sino disponiendo del dinero, de su poder invisible, seductor y hasta corruptor. Vamos, que el capital se ha convertido en una divinidad ahora que, según Nietzsche, el cargo está vacante. Lo que en realidad anhela la derecha es tener todo el poder en el planeta, y Europa se le antoja un feudo muy asequible. Para ello, utilizan a las tediosas agencias de calificación de la prima de riesgo como armas de destrucción masiva, porque al capitalismo no le hace falta matar tanto como se mata ahora. Le basta con asustarnos un poco, aunque lo cierto es que últimamente no está aterrando, incluso demasiado. Y es que al mercado financiero, que capitaliza todo lo que encuentra, nunca le han gustado ni los pobres ni la izquierda, porque mantener a los desfavorecidos, como se pretende con las prestaciones sociales subsidiarias, supone un gasto tan elevado que acaba por socavar la solvencia económica del Estado. En fin, pese a que hay tanta gente sin casa y tantas casas sin gente, lo que se lleva es la austeridad, que se materializa en un sin fin de recortes salariales y sociales que acabarán por fin, sin dialéctica marxista que valga, con la lucha de clases. Es decir, a corto plazo sólo habrá una clase, la de los ricos. El resto, la mayoría, integrarán el conglomerado de los sin clase, algo así como los parias o intocables del sistema de castas de la India. O sea, que la fiesta socialista que empezó muy caliente en conciertos de los Rolligns Stones, allá en el Vicente Calderón, una tarde popular, repleta de globos y gentío, de música y cerveza, y terminó con el tecno-pop y otras variantes dominicales y desmayadas del rock, ha sido perfectamente asimilada por la mercadotecnia de la derecha. Y claro, hoy el socialismo está redescubriendo el guateque, embalsamado en tinto con gaseosa, para que los valores no se queden en ideas y las ideas en abstracciones. No olvidemos que Napoleón, en su provecho, redujo la Revolución Francesa a simple alegoría y burocracia, y falleció desterrado en la isla de Santa Elena. El mercado financiero, desde una arrogancia extrema y desde un insufrible sentido de superioridad que parece incluso que es depositario de verdades y valores que están por encima de las coyunturales mayorías democráticas y de la soberanía popular, domina el planeta. Aunque lo cierto es que simplemente representa un peligroso fundamentalismo que la política no sabe o no se atreve a controlar. Es sabido que el ambicioso que se enriquece rápido, en ese mismo momento se corrompe, pues descubre que el poder no es sólo disponer de un cargo, sino de dinero. El dinero es fascinante para casi todos, pero sobre todo para quien nunca lo ha tenido. En cuanto un banquero ambicioso huele a dinero pasa por el mercado como el Lord Byron de las nuevas finanzas globalizadas, introduciendo una imagen nueva del banquero, muy lejos ya del viejo empeñista galdosiano, y se inventa lo de las subprime, o créditos tan audaces como basura, que unos ven con misericordia, los chicos listos de Wall Street, y otros, los damnificados, con escándalo. En fin, todo muy Giorgio Armani. Los recortes salariales y sociales, o sea la política de austeridad, que tiene como objetivo reducir el déficit público, no es más que un decorado que tapa la realidad precaria y que, sobre todo, crea una realidad nueva, o más bien una irrealidad. Mientras unos evaden o sestean sus capitales en paraísos fiscales y otros saquean sin escrúpulos los fondos públicos, hacernos a todos un poco más pobres aunque sea para superar la crisis económica, es un suplemento de irrealidad, unas vacaciones de irrealidad que se le concede al pueblo, una morfina, un opio, el opio del pueblo, pues no hace sino aplazar la verdad. Y es que independientemente de qué formación ideológica aplique la llamada política de ajuste duro, vaciar los bolsillos de los ciudadanos resulta fatalmente constrictivo para el consumo, del que depende estrechamente la inversión empresarial productiva, que busca vender para obtener beneficios. Y sin ésta, se destruye empleo mientras la economía se desliza fatídicamente hacia la recesión económica. Lo cierto es que el sistema capitalista no funciona ni va a funcionar nunca. De hecho, la crisis de la deuda europea y la inminente desaceleración en los países más desarrollados ha determinado que este año más de dos mil líderes empresariales se están reuniendo en Davos, Suiza, para defender y rearmar el capitalismo. Es decir para maquillar el peligro real del mercado financiero, que empieza siendo un engaño y acaba por ser una estafa a ojos vista. Más madera, Groucho Marx, que esto es la guerra. Médico-Psiquiatra y escritor. Web: http:// Email: ANABLELZU@TERRA.ES |